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A ORILLAS DEL RIO
LA VILLA
Los patios

Santos Herrera
En los patios de las viejas caseronas del pueblo pareciera que el tiempo se hubiera detenido en los árboles, en las palmeras, en los arbustos, en las flores y en los frutos. Las sombras flotan con una frescura que casi pueden tocarse. Los recuerdos de pasados tiempos insisten en quedarse dormidos entre las hojas y los pasos perdidos de nuestros abuelos se esconden en las piedras y ladrillos de olvidados caminitos. En un ambiente de imágenes y olores nostálgicos. Arboles que contemplan desde las primeras caídas de los niños que temerosos quieren dejar de gatear, para dar los primeros pasos, hasta verlos en su lento caminar, cuando ancianos, los años les pesan demasiado. Como en antaño nuestros abuelos no eran egoístas, ellos siempre estaban sembrando en el patio de sus casas árboles frutales, sin tomar en consideración si les alcanzaría el tiempo para disfrutarlos años más tarde. Debido a ese noble desprendimiento, podemos hoy saborear una variedad de frutas y aspirar aromáticas fragancias que endulzan nuestras existencias. Son remansos donde se conjuga lo viejo con lo nuevo, la luz con la sombra, los recuerdos con el olvido, la vida con la muerte. Los patios de esas vetustas casas cambian sus rostros durante diferentes épocas del año, pues no dejan de expresar sus bondades con flores y frutas durante los doce meses. Por ello siempre tienen abierto el cofre tropical con sus mangos, ciruelas, marañones, tamarindos, guineos, cerezas, mamones, naranjas, papayas, nonitas, guayabas, pipas, que halagan el paladar de la familia. También los patios son atendidos por las manos hacendosas de la señora de la casa que los siembran de hermosas y olorosas flores como chabelitas, heliotropos, papos, abanico chino, ginger, jazmines, margaritas, caracuchas, rosas, romeros, mirto, gardenias, peregrina, jazmín del cabo, bouquet de novia blanco, campanillas veraneras, rosa fina, bandera española, mano de Dios, resedas, astromelia y otras que al confundirse sus perfumes con el de los azahares de los naranjos y limoneros, convierten el ambiente en un lugar sosegado y de paz que nos aproxima al mismo cielo. Como complemento a este paraíso, los patios son visitados por bandadas de pájaros locales y viajeros, que con sus tonos musicales y colorido, los llenan de alegrías y de esperanzas. Así llegan de lejos el juguetón azulejo, el sangre toro, que viene a golosearse las rojas cerezas, que junto con nuestro ruiseñor, arrocero, platanera, pechiamarilla, confunden sus saltos, plumajes y cantos. En el verano, durante todo el día, el ronco ronjín con su violín monocorde le canta a la sequía; en el invierno, en las noches húmedas, las luciérnagas, en un concierto de luces, anuncian días de abundancia en el pueblo. Cuando observo esos viejos patios, pienso que es la misma vida que ha hincado sus uñas en cada cosa porque no quiere irse.
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