Decía el gerente de una empresa que en estos tiempos, un diploma no es garantía de un buen o excelente desempeño profesional.
Tampoco lo son las calificaciones sobresalientes. Es el desempeño y las acciones concretas, lo que vale.
Cuando estaba en secundaria, tenía un compañero muy inteligente. Era músico de una murga y el mejor estudiante de matemáticas. Su fascinación por la música como que chocaba con su carácter. Callado, pero muy crítico; aunque no lo decía, lo fastidiaban los compañeros parlanchines. Para quienes no lo conocían, era un amargado. Para mí, era una persona maravillosa, no común, muy humilde humana y económicamente.
Cuando nos graduamos, no se recibió con honores, pero para mí, era el mejor. Después supe que estudiaba medicina en la Universidad de Panamá.
No los canso. El hombre es hoy un médico. Mientras otros "pilaban" y se desvelaban, él combinaba sus estudios con la murga.
Precisamente gente que cumpla sus sueños, que sepa a dónde va, de poco hablar pero de muchos hechos, es lo que se necesita.
De verdaderos líderes, gente proactiva, entusiasta, honesta, con ideas, responsable, deben estar llenas nuestras organizaciones.
De nada vale un diploma si quien lo obtiene lo convierte en papel marchito con su actitud.
La educación es uno de los baluartes del desarrollo, pero la actitud de construir y avanzar debe ser la hermana gemela de la aptitud.
Nunca olvidaré un profesor de Relaciones Humanas, con un doctorado, quien nos contó que en una reunión social uno de los invitados se ofendió cuando le dijeron "señor". Molesto, le dijo a la persona: "Dígame doctor".
Nuestro profesor, una persona muy sencilla y sabia, decía que con esa actitud el "doctorazo" le echó tierra a su flamante título.
¡Upps!