Hay gente que le mete ganas a esto. Gastan casi todo el dinero que tienen y hasta el que no tienen supuestamente para dejar de ser pobres y vivir como ricos.
Hay datos interesantes sobre esta actividad. Según la Biblia, se echaban suertes para determinar la voluntad de Dios (Lv 16.7-10; Jn 1.7; Hch 1.24-26). En el antiguo Israel se creía que Dios controlaba los dados y que de esa manera hablaría a su pueblo. Como no existe eso que llaman suerte, y Dios tiene en sus manos todas las cosas, cuando alguien toma dinero de Dios (porque todo lo que tenemos pertenece a Dios) y lo apuesta a la ruleta, o a las cartas, está metiéndose en un problema. Con ello está diciendo: "Señor, arriesgo tu dinero y mi fe, ¡en la esperanza de que la suerte me favorezca! Cuando actúas de esa manera, pones a Dios a prueba. Lo tientas, y eso es pecado (Dt 6.16; Lc 4.10-12).
El juego puede destruir a una persona, convirtiéndose en una obsesión y en algo que crea dependencia, al igual que el alcohol. El jugador habitual arruina a su familia y su vida, y hay quien ha robado para poder jugar. El juego puede convertirse en una enfermedad, la cual ha destruido a decenas de miles de personas.
La indulgencia con el juego en nuestra sociedad le inculca a la gente que la fama, el éxito y la fortuna se pueden obtener sin trabajar ni esforzarse. Las virtudes de la industria, las artes, la inversión inteligente y la constancia son minadas por este vicio, que abre paso a la ambición, la codicia, la avaricia, la pereza y la mentalidad de vivir el momento. ¡Qué triste es contemplar cómo algunas legislaturas vinculan sus futuros presupuestos a la lotería y el juego legalizado, prácticas que socavan las virtudes ciudadanas necesarias para alcanzar el desarrollo económico y la prosperidad!