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Violencia

Hermano Pablo
Colaborador
Eran tres niños,
hermanitos los tres, de seis, siete y ocho años de edad.
Con ojos aterrorizados y temblando de miedo, no podían
dejar de mirar. ¿Qué estaban mirando? Veían
cómo su padre le daba una paliza brutal a su madre. La
escena la describe un diario de América Latina.
El hombre enfurecido, a la vista de sus tres hijitos, golpeaba
brutalmente a su esposa. ¿Cuál era la causa? Nadie
sabe. Los niños sólo decían: «Papá
estaba muy enojado.» Pero una palabra lo describe todo:
violencia.
La violencia doméstica, aunque en la vida diaria no
es nada nuevo, en las crónicas de los diarios y en los
tribunales sí lo es. Es algo que ha recrudecido en los
últimos veinte años. Y esta crónica nos
obliga a tocar dos puntos: la violencia entre padres, y su efecto
en los hijos.
Algunos dicen que la violencia familiar la incita la familia
misma, pero eso es ver el asunto de una manera muy pasajera.
La violencia nace en el corazón. Está adentro de
uno como lo estaba en el corazón de Caín, y sólo
necesita una muy pequeña provocación para estallar.
Decimos que es culpa de la mujer, o de los hijos, o del jefe
o de otro, pero no lo es. Procede del corazón herido y
confundido que vierte su frustración sobre los que están
más cerca. Cuando el tronco está malo, todo el
árbol lo está. Cuando el corazón vive en
amargura, la persona en la que late reacciona con violencia.
¿Y qué de los hijos? No hay nada en todo el
mundo que frustre y confunda y atemorice más al niño
que ver a sus padres peleándose, especialmente cuando
son encuentros violentos. Y si la criatura tiene -digamos- dos,
tres o cuatro años de edad, esos disgustos tienen efectos
desastrosos que afectan toda su vida. Un sociólogo investigador
dijo: «Cuanto más violenta es la pareja, de las
que hemos entrevistado, más violentos son los hijos.»
Por cierto, la violencia en los padres viene de la violencia
en los progenitores de ellos.
¡Cuánto necesitamos paz y tranquilidad en nuestro
corazón! ¡Cuánto necesitamos al Príncipe
de Paz! Y ese Príncipe de paz existe. Es Cristo el Hijo
de Dios. Él dijo: «La paz les dejo; mi paz les doy.
Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien
ni se acobarden» (Juan 14:27).
Entreguémosle nuestro corazón a Cristo. Si el
enojo ha sido nuestra debilidad, hagamos una sincera declaración
de humilde arrepentimiento. Cristo conoce nuestra intención
y Él quiere ayudarnos. Permitámosle entrar en nuestro
corazón. Él nos renovará en lo más
profundo de nuestro ser.
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