La trágica situación de la Universidad de Panamá es una tragedia. Convertida en un apéndice más de los cuarteles durante la dictadura militar, la Universidad perdió el dinamismo y la autonomía que le imprimieron su fundador, el presidente Harmodio Arias, su primer rector, el Dr. Octavio Méndez Pereira y las generaciones iniciales de preceptores, nacionales y extranjeros, que allí ejercieron su apostolado con esmero y dedicación. Hoy es poco más que otro botín político y financiero, foco de clientelismo y corrupción, con dirigentes interesados en el reparto burocrático y en el aprovechamiento de oportunidades económicas. La educación y la investigación no los motivan en lo más mínimo.
Sometida semejante modelo de gestión, no es de extrañar que la calidad de la Universidad de Panamá haya descendido a niveles alarmantes. Su situación en nada se asemeja a la de un centro de estudios de mediana seriedad en el mundo desarrollado. Su presupuesto, varias veces millonario, se malgasta de manera escandalosa, sin que los administradores de la institución--escudados en una mal entendida y distorsionada "autonomía universitaria"--rindan cuentas de sus actos y su uso de fondos públicos a la ciudadanía.
La educación superior es uno de los puntos de partida hacia el desarrollo. Si el sector político y empresarial tiene verdadero interés en impulsar el desarrollo humano en Panamá, debe comenzar a preocuparse por rescatar a la Universidad de Panamá de la podredumbre en que se encuentra sumida.