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DIOS FUE MÁS FUERTE QUE LA EPILEPSIA

Hermano Pablo | Reverendo

La joven, de dieciséis años de edad, despertó a medianoche. Tosía fuertemente, y un inconfundible olor a humo llenaba la sala. Lo primero que hizo fue correr a la cocina y abrir la puerta. Allí estaba el incendio. Abrió todas las ventanas y la puerta.

Luego, rápidamente subió las escaleras y sacó de sus camas a diez niños, entre hermanitos y primos suyos. Los envolvió en frazadas y los hizo correr hacia el patio. Después llamó a sus padres, que se hallaban en una fiesta, y en seguida a los bomberos.

Exhausta y temblorosa por el frío y la emoción, Cristal Mathena, frágil como su nombre, vio su obra terminada: once personas rescatadas del fuego.

Lo extraordinario del caso es que Cristal es epiléptica, y la menor emoción le produce un ataque terrible. Con cualquier susto, con cualquier exaltación, con cualquier arrebato, le sobreviene un penoso ataque. Pero en esta angustiosa ocasión de fuego, de susto y de rescate, nada le pasó.

Ha habido personas que en el terror de un incendio han muerto del corazón. A Cristal le pasó todo lo contrario. Cuando vio el peligro, obtuvo una fuerza, una calma y una presencia de ánimo maravillosas, tanto que pudo rescatar a sus hermanitos y a sus primos, y todavía llamar a sus padres y a los bomberos sin sufrir el menor colapso. El comentario de sus padres fue: "En ese momento Dios fue más fuerte que la epilepsia."

Lo cierto es que Dios es más grande, más fuerte y más poderoso que cualquier circunstancia adversa de esta vida. En todo momento de apuro, de accidente o de tragedia, el que piensa primeramente en Dios encuentra la calma. Dios está siempre ahí, atento a nuestro clamor. Y siempre está presto para ayudar, para socorrer.

No hay quien, en algún momento u otro, no experimente lo inesperado. A la vuelta de cualquier esquina puede estar esperándonos alguna calamidad. El bueno, por ser bueno, no se libra de esas circunstancias. Todos estamos sujetos al dolor de esta vida. Los que tienen paz, calma y seguridad no la tienen porque han sido librados sino porque Dios da paz en medio del dolor. Hagámonos amigos de Cristo y, así como afirma San Pablo, la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará nuestros corazones.



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