Frears, que se cuela en la intimidad de los palacios y de las residencias de los primeros ministros, sitúa a la reina, interpretada por Helen Mirren, en medio de dos extremos. Por un lado, el del príncipe de Edimburgo, encarnado por James Cromwell, con un sentido monárquico decimonónico; por el otro, el primer ministro británico Tony Blair, a quien da vida Michael Sheen, quien recién subido al poder, quiere modernizar Gran Bretaña, incluida la monarquía.
La reina se aferra al hecho de que la princesa Diana de Gales no estaba ya casada con el príncipe Carlos, para poner a la monarquía británica fuera del acontecimiento mediático que supuso la muerte de Lady Di. Sin embargo, la popularidad de Diana, a quien un asesor de imagen de Blair bautiza como "la princesa del pueblo", pone en un lugar incómodo a la reina, atacada en aquellos primeros momentos por los medios de comunicación que la tildan de persona insensible. Con el famoso humor británico, Frears logra dirigir una película en la que muestra a una familia real que no pierde la flema ni tan siquiera cuando está en bata.