Resulta obsesivo el empleo de palabras blandas, cuando nuestro interlocutor se empeña en no querernos escuchar. Y, esto sucede con frecuencia, dadas las condiciones negativas de no aceptar los razonamientos que en voz alta nos canta el lastimado sentimiento interior, de allí, los fracasos que frecuentemente azotan, asolando el desordenado e irreflexivo humor del ser humano actual.
No es dable al pensamiento el soliloquio aberrante e improductivo manoseado con sospecha por el capricho. Tengo que meter las manos hasta los codos en la defensa de la decencia y la generosidad. El decente siempre tiene oído abierto para escucharnos y el generoso bolsillo en apresto, para lanzarle el reto al necesitado. Existen cadenas de acontecimientos que adornan y embellecen los actos coronados por la decencia y la grata generosidad, cualidades que me hacen concentrar la atención con rigurosidad y pureza infinita. Es genial el poder interactuar con estos caracteres siempre predispuestos al diálogo meloso y placentero que invita a la reflexión acuciosa.
Ellos hacen la vida grande, preñándola de riquezas y experiencias novedosas. Jamás se han divertido emplazando la rebelde postura lo suficientemente indigna que enlútese y degrada la esencia veritativa. Llevan bajo la manga el as que vive para la verdad, motivación intuitiva que estremece con locura. Tras la cruz está el diablo, así reza el refrán. La titubeante forma de nutrir el pensamiento mediante la intención y deliberación, con el deseo gratuito de engañar, daña notablemente al receptor del mensaje, producto de desaciertos y embustes que entorpecen. Tenemos que recordar que el tiempo es el común devorador y consumidor de todo cuanto existe.