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"...Ya me cansé de escucharte decir, "nosotros los ingenieros..." Te graduaste de ingeniero, eso dice el diploma y la sortija que no dejas de sobar, pero todavía no eres un ingeniero, y no lo serás hasta que haya adquirido igual o más experiencia que cualquiera de los carpinteros, reforzadores, soldadores, operadores de equipo, y aún más que esos hombres que están "sacando estacas"... Hasta entonces, aprende de ellos, y déjate de tu "nosotros los ingenieros".
Lo anterior fue la llamada de atención que le hizo un ingeniero a otro "ingeniero" colega, que como se describe, presumía de su título sin haber tenido suficiente vida en el campo como se requiere para sentirse "ingeniero".
Hace dos años - más o menos - hice un artículo titulado, "Gloria al ser abnegado que cuida...", en el cual loaba la labor de los educadores en ocasión del inicio de clases de ese entonces. Allí, parafraseaba a Pericles, quien preguntó: ¿Dónde están los pedagogos? Hoy reitero la misma pregunta: ¿Dónde están los pedagogos? Y esta vez no me estoy refiriendo a aquellos profesionales de la educación que se ajustan dentro de un proceso o sistema educativo, diseñado para producir entes tipo, sino pedagogos que primero quieran transformarse ellos en su personalidad, sus hábitos, sus costumbres, su habla y su conducta. Hablo de educadores que lo son más en razón de su vocación que no por su formación; gente para quienes es más importante provocar una espontánea y sincera sonrisa de sus colegas, del personal educando y administrativo, lo mismo que de los padres de familia, en vez de dejar caer por allí, como rutina, frases o gestos cargados de sarcasmo, de antipatía, de pedantería, y de falsas modestias, sólo porque ostentan uno o varios títulos (más que sus compañeros), actitud ésta mezquina y nada profesional.
Esto es muy triste porque los educadores que así se conducen, no están logrando la transformación que de ellos se espera, y, por el contrario, esa actitud lo que hace es propiciar y promover la creación de grupos que antagonizan entre sí, poniendo en peligro la imagen y el buen nombre del colegio o la escuela donde laboran. Y si por un lado Giordano Bruno sufrió el dilema del hombre moderno en nunca poder garantizar que tuvo razón, pudiendo sólo insistir en su derecho a equivocarse, habiendo sido quemado por supuesta herejía, del mismo modo los empíricos - los autodidactas- tal vez no puedan sustentar la tesis de un diploma, pero sí con mucho orgullo llamarse autodidactas, como lo son el diplomático panameño Dr. Jorge Illueca, quien fungió como Presidente de la ONU, y quien también fue presidente de la República; por otro lado tenemos al orgulloso, pero muy modesto autodidacta. |