Rosario cumplió su promesa. Ella fue el show, cantó sin parar, bailó sin cesar y recibió del público la misma fuerza que ella imprimió a su presentación.
Lo mejor de todo llegó al final del concierto, cuando la versátil artista apareció con el mismo ligero vestido de toda la noche, pero esta vez con un rebozo anaranjado y con flecos negros con el que hizo de torera, mientras que el público gritaba "Olé, Olé" en cada lance que le daba al imaginario toro monstruoso.
El show inició pasada las nueve de la noche a un público maduro, pero ansioso de escuchar a la hija de "La Farahona" que supo interpretar temas de su pasado trabajo y de "Mil Colores", su producción actual.
Al ritmo de los zapateos y las palmas arrancó con la pieza "Un promesa de amor" y una y otra vez saltaba de un lado al otro del escenario, retorciendo sus manos en el aire y alborotando sus rizados cabellos. Así se fue hasta el final de la fabulosa jornada de música flamenca.
Rosario no paró de decir que estaba muy emocionada de pisar suelo panameño. A la mitad del concierto sorprendió a todos al dedicarle una de sus canciones a una persona muy especial para ella, pero no dijo su nombre. El público empezó a murmurar que lo dedicó a su hermano, el cual falleció de una sobredosis de drogas luego de la muerte de su madre. "Esta canción también se la dedico a todas las personas que tiene el corazón grande", dijo.
El acompañamiento musical estuvo espectacular y ella supo combinar a la perfección la música brasileña, la Nova Troba de Cuba, el flamenco y música moderna.