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  OPINION

HOJA SUELTA
Soy abuelo

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Eduardo Soto P.
Crítica en Línea

Recordarán a Susana del Carmen, la perra lanudita que se nos murió hace casi un año, y que dejó rondando por la casa una melancolía espesa y sin cabeza, que todavía hoy se aparece a todos y nos anuda una lágrima en la garganta de vez en cuando.

La otra vez visitamos su tumba, en un matorral perdido detrás de la clínica veterinaria donde murió, y algo en el pecho se me desgajó: ¡qué hondo caló ese bello animal!; ¡cuánto la echo de menos, carajo!

Sin embargo, esta semana una nueva luz brilló. Estaba esperando el momento justo para contarles que después de la muerte de Susana, cuando me había prometido no adquirir nunca más perro alguno (para evitar el sobregiro de tristeza que provoca su partida), los niños me exigieron una mascota. Estuve renuente al principio, porque no quería que ellos aprendieran tan pronto la vieja máxima que alega que a rey muerto, rey puesto. Pero el piqueteo continuo de los chiquillos frente a la puerta del cuarto me convenció a la larga.

Por recomendación del fotógrafo Daniel Espinosa me di una vuelta por el "asilo" de animales abandonados y maltratados. Pensé que era buena idea adoptar un animal que hubiese sufrido abandono, como tributo a Susana que nos dejó en el depósito de afectos un excedente de cariño. Cuando me acerqué a la jaula, los ladridos de la jauría, compuesta por canes de todos los tamaños, colores y olores me ensordeció. Pero enseguida lo que llamó mi atención fue ese animalito soberbio que estaba sentado en el centro del claustro, en silencio, mirándome a la cara con sus ojos de azúcar morena y una actitud de chica yeyé. Todo alrededor era alboroto, pero ella no; parecía una reina europea, vanidosa e indiferente, ajena al vulgar intento de los otros por llamar la atención.

Es María Canela Soto Saavedra, una fula mezcla de "cocker" con pekinés, dueña y señora de mis desvelos domésticos cuando ladra de noche, y que cuando entró en mi vida, traía consigo los miedos que le provocaron el maltrato a que estuvo sometida. El cariño le quitó el temblor, y el jueves me hizo abuelo: son cinco perritos, tres negros y dos blancos, hijos de un pincher pequeñín que sorteó la cuarentena en que la teníamos por su tiempo de celo, y desafió los amores de la rubia pizpireta que es dos veces más grande que él.

Estos perritos me enseñaron que por más oscuro que se vea el camino, debido a alguna pérdida sufrida; por más triste que se antoje el panorama, cuando creamos que no hay salidas y se acabó el mundo, siempre hay una luz escondida en la manga de Dios, que nos entrega un aire nuevo como lección de continuidad, de esperanza, de futuro posible.

En estas semanas, cuando todo era debacle y desesperanza en el país, la preñez y los cachorros de María Canela, me regalaron alegría y deseos de seguir viviendo. Me di cuenta que no todo está perdido para Panamá. Nunca se agotan los caminos. Sólo hay que dar los pasos adecuados y seguir andando.

 

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