OPINION

HOJAS SUELTAS
Sotanas

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Por Eduardo Soto
Periodista

Así es: un cura viejo y en calzoncillos intentó propasarse conmigo cuando apenas era yo un chiquillo. No entendí muy bien el asunto hasta unos años después, cuando les narré el incidente a mis amigos de toda la vida, quienes han hecho de este cuento un chiste durante 20 años, y se burlan a carcajada suelta de mi ingenuidad, y me hicieron ver que era muy raro que un sacerdote confesara a la gente sin estola, tirado en la cama, y casi en pelotas.

Sin saberlo, estaba viviendo el estallido prematuro de uno de los más turbios escándalos en la Iglesia Católica desde los Borgia o la Inquisición.

Yo era scout, y el tipo tenía una tienda de campaña que después de mucho rogarle aceptó darme como regalo. Era una hermosa pieza de campismo del color de las naranjas, con espacio suficiente para tres personas y que, al doblarla, quedaba reducida a un diminuto envoltorio que entraba sin problemas en la maleta de la escuela.

"Te la doy, pero tienes que confesarte primero", me advirtió, mientras me miraba severo con esos ojos de un verde jade, profundos y fríos. "Te espero a las seis", dijo, con su manaza de campesino oloroso a lavanda apretándome el hombro.

Y ahí estaba yo, puntual y entusiasmado, soñando con acampar ese mismo fin de semana. Toqué a la puerta de su cuarto, y él abrió en chancletas, camiseta blanca y de la cintura para abajo sin nada más que unos calzoncillos de pirata.

Entré a la habitación, perfumada con agua de florida y jabón fenicado, y me sorprendí porque había caballos tallados en mármol y vaciados en fina cerámica; estaban sobre las mesas y el escusado, detrás de las puertas, en el techo, y pintados en cuadros que cubrían todas las paredes. Los había blancos, pardos, azabaches, pintos, y con largas y fibrosas patas que el pintor atrapó en su óleo para siempre, en una estampida febril y tumultuosa que podía oírse y olerse como si los animales se fueran a salir de sus telas.

Y sobre la cama estaba la tienda de campaña, reluciente y nuevecita.

El viejo me agarró por una oreja y empezó a regañarme porque, decía él, yo era muy rebelde y siempre tenía respuesta para todo. "Te va a llevar el diablo", sentenciaba, mientras se sentó a mi lado en la cama, y pasó uno de sus brazos sobre mi hombro para preguntarme cuándo fue la última vez que me había confesado.

"La semana pasada", mentí. Entonces empujó mi cabeza para que me recostara en su regazo. "Tienes que cambiar, Eduardito", me decía, mientras mesaba mis cabellos con extraño frenesí. Estaba extasiado hablándome de la juventud que se perdía y que había que rezar mucho. "Pórtate bien", susurraba jadeante, mientras me acariciaba con fuerza y angustia a la vez. Aterrado, sentí cómo se alteraban sus recovecos íntimos, debajo de los calzones pasados de moda.

Brinqué de la cama y le pregunté si podía irme, y si la carpa -que había aferrado en mi huida- traía estacas para fijarla al suelo. Yo estaba instintivamente inquieto, pero en realidad no sabía lo que estaba pasando. Él me miró, no me respondió lo de las estacas, y se despidió trémulo. Habían pasado los treinta minutos más largos de mi vida.

Hoy agradezco que el asunto no pasó de ahí. Hubiese sido un desastre, porque al cura no le hubieran hecho nada (por ese entonces los obispos ocultaban todo) y seguro que mi madre habría encontrado la forma de averiarle la cabeza de un escobazo, cuidado que en media misa.

 

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