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Todo está aquí mismo en el punto central de la ciudad, donde se encuentra el centro del poder político del país, y donde los próceres forjaron una nueva república el 3 de noviembre de 1903.  |
Se trata de un mundo en el que hay miles de mundos más, confundidos y entrelazados, en un universo de pobreza, mendicidad, drogadicción, alcoholismo, prostitución, trabajo, solidaridad, y más alcoholismo.
El área del mercado y San Felipe son como una moneda, con su cara de día, y su contracara de noche o, más bien, como una botella de ron, que al frotarla, cual lámpara de Aladino, puede hacer realidad un sueño, de una noche de sexo, de mucho sexo, pero con muy poco amor, por solo 10 dólares, de los cuales seis serán para la trabajadora del amor, y los cuatro restantes, para la pensión, que un una noche sin luna, o con luna, servirá de aposento rápido, para el encuentro, según lo cuenta Carmen, una costarricense de 36 años, quien tiene tres meses de laborar en el área del mercado, donde en una buena y larga noche, logra dividendos de hasta 110 dólares.
Ella asegura que se cuida al momento de llevar a cabo su trabajo porque, según dice "yo no me ocupo sin condón". Carmen sostiene que sus tres pequeños hijos no saben lo que ella hace. También sostiene que pronto emigrará de Panamá, para ir a otro país, ya que como no tiene preparación económica, "tengo que vivir de esto".
Esa es la historia de Carmen, y de muchas más, que como ella venden amor, bajo el riesgo de perder la vida en manos de algún comprador, o por alguna enfermedad de transmisión sexual.
Pero lo de Carmen es solo una de un millón de historias, porque aquí en el mercado, casi todo está junto en un radio de kilómetro y medio de cantinas, recovecos y callejones.
Durante el día, las aceras se convierten en el soporte de pequeños y desordenados bazares, en los que se puede encontrar de todo, y a buen precio, incluyendo artículos de muy dudosa procedencia, como tocatintas de autos, llantas, piezas de plomería, electricidad y otros, que son vendidos a la vista de todos, mientras por ejemplo, José Mendoza continúa adelante, con su carretilla, transportando cosas que por cada viaje, le representan a lo sumo un dólar o dos.
Cuando empieza a morir el sol, surgen como sonámbulos, desde diferentes puntos de ese escenario de casonas históricas, centenar de figuras que se toman las aceras para llegar al albergue luz y vida que todas las tardes les proporciona una cena, no sin antes orar para pedir la bendición de Dios.
Ellos son los hombres y mujeres fantasmas, que día a día arrastran un pasado que intentan ahogar en el alcohol, y a costa de que sus propias vidas, se resquebrajen, como le sucede a las botellas de licor cuando se acaba su contenido Marta es otra historia. Ella es oriunda de Chiriquí, y a sus 49 años su cuerpo se consume día a día víctima de los embates del alcohol desnaturalizado. "No puedo dejar la vida que llevo, durmiendo en callejones, y bebiendo licor, porque no tengo a donde ir ni quien se ocupe de mí", sostiene Marta, con una voz que pastosa por el licor puro, combinado con largas noches de desvelos y desconsuelos.
Y apenas cae la noche, otro mundo abre su telón en el mercado para mostrarnos los mismos fantasmas, algunos de los cuales vuelven a confesar su alma para recordar cómo cayeron al abismo.
Juan es un joven de 45 años que vende cigarros en una esquina más de este submundo. "Mi padre le pegaba a mi madre, y un día salí huyendo, para no regresar más", recuerda Juan, que para rematar añade que su mujer lo dejó, por lo que dice vivir "decepcionado". Para remarcar su pasado, presente y futuro, Juan dice que "nunca dejaré el alcohol, porque yo creo que voy a morir así".
Cargan a cuesta sus penas, al igual que sus camas portátiles de cartón, para luego perderse entre el claroscuro de las sombras nocturnas, en busca de un refugio seguro donde pernoctar, y amanecer al día siguiente con más fuerzas, para la lucha que cuerpo a cuerpo sostendrá con el aguardiente.
A lo lejos, pero no muy distante, separados por el mar, testigos de todo lo que sucede del otro lado, están los edificios que desde Punta Paitilla, observan a través de sus ventanas, que parecen centenares de brillosos ojos de luciérnagas de cemento y hierro, todo lo que pasa con esa otra gente, tan cercana y tan lejana de nosotros mismos. |