Las autoridades de la provincia de Veraguas y un sector de la prensa local han descubierto que en las zonas rurales de esa región, históricamente abandonadas por los gobiernos de turno, se fabrica en grandes cantidades el chirrisco o aguardiente cimarrón, nombre con el que también se le conoce a esta bebida.
Cualquiera que converse con un fabricante de chirrisco quedará sorprendido de las habilidades adquiridas por el hombre de la campiña para destilar ese producto que sólo ha servido para emborrachar y sumir en la ignorancia a los pobres campesinos.
Los relatos sobre las vivencias de la gente que convive al lado de los alambiques clandestinos, suelen también estar salpicados de anécdotas interesantes y llenas de humor, que delatan la complicidad de funcionarios y caciques regionales que juegan a la doble moral, cuando se trata de perseguir el consumo y fabricación de la mortal bebida.
El origen de la persecución al chirrisco viene de la época colonial, cuando comienzan a funcionar en el país las primeras industrias licoreras establecidas con patente comercial aprobadas por el Estado, y cuyos inversionistas veían en estos químicos empíricos a una competencia desleal.
Satanizar la bebida, aduciendo que la gente se mata entre sí y arma riñas y escándalos por estar bajo los efectos alcohólicos no es muy convincente, ya que lo mismo ocurre en las ciudades más pobladas donde los efectos de una "juma" son iguales, cualesquiera que sea el ron consumido.
El detonante peligroso en el consumo del chirrisco se introdujo con el uso del ácido de baterías de automóviles para acelerar el proceso de fermentación, práctica que, según me han confiado algunos conocedores del tema, fue traída desde Costa Rica.
Ojalá que esas campañas repentinas para detener la ingesta y fabricación del chirrisco, no respondan a intereses económicos y sobre todo, vayan acompañadas de planes de asistencia social que alejen verdaderamente a nuestros pobres habitantes del campo de tan nefasta práctica.