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Para su abuela y sus dos hermanitos fue siempre su velador y apoyo...  |
Manuelito era un niño de sólo nueve años de edad. Se dejó “vejar” para que su abuela Rufa y sus dos hermanitos, Anita de cinco y Fedrín de cuatro años, comieran aunque fuese una vez al día.
El padre, un desalmado, vicioso, flojo, pelionero y vulgar. Maltrataba a su mujer, física y verbalmente sin importarle la presencia de los tres niños. Un día levantó vuelo y se fue. Nadie supo nunca que se hizo.
La mujer que era igualita de vulgar y viciosa que su marido, no encontró mejor oportunidad que la de endosarle a las tres criaturas a su abuela paterna, que vivía en condiciones precarias en una casa hecha de cartón y hojas de lata de propaganda política de campañas pasadas.
Rufa, apodo de Rufina, que así le llamaban los que la conocían en aquella barriada de precaristas cerca de la ciudad, se mantenía de la caridad de los demás. Comía si le obsequiaban algo, de lo contrario se pasaba el día sin probar bocado alguno. La soledad y el aire viciado de la ciudad, eran sus fieles compañeros de infortunio.
Un día menos pensado por Rufa, tres caritas sucias se asomaron por la oxidada puerta de hojalata de aquella choza. Eran Manuelito, Anita y Pedrín, quienes llevaban una carta de su madre. Como Rufa poco veía, le dijo al mayorcito que la leyera. Manuelito leyó: “Señora Rufa, le entrego a mis tres hijos para que vivan con usted, su hijo nos abandonó. Yo no puedo con semejante carga, es más quiero rehacer mi vida. Conocí a un americano jubilado y me llevará con él a su país. Cuide bien de mis hijos que son sus nietos”. Terminó Manuelio de leer con los ojos anegados en lágrimas, mientras Anita alizaba el enredado cabello de una desaliñada “barbie” que alguien le regaló; al tiempo, Pedrín trataba de arrancarle un lunar en forma de berruga de la cara de su abuelita Rufa.
Ese día la abuela compartió con sus nietos un puñado de arroz blanco y una pequeña porción de sardina en lata que una vecina le regaló.
Manuelito dijo a su abuela, desde mañana voy a las calles y semáforos a vender periódicos. El contaba que con la venta de los diarios iba a recibir un pequeño estipendio que le serviría para que todos en casa comieran. El niño sacrificó la asistencia a la escuela, por conseguir el dinero diario que le permitiera alimentar a sus hermanos y abuela. Ceñiéndose a las instrucciones que le daba el distribuidor de periódicos, comenzó día a día a recorrer las calles, avenidas y debajo de los semáforos de la ciudad, con el propósito de ganarse el dinero suficiente para que todos comieran en su casa.
A pesar de su corta edad, Manuelito fustigaba los vicios de la sociedad, ni los frescosos lograban abatirlo. Nunca los vicios de la calle llamaron su atención. En el mercado se ganó la confianza de unos vendedores de frutas del interior, que se las regalaban, después las permutaba por arroz o pan para su familia.
De momento la situación se le tornó difícil al niño con la llegada de la estación lluviosa, ya que la lluvia atrasaba sus ventas. Además llegaba a la choza de la abuela mojado de pies a cabeza.
Manuelito los tenia acostumbrados a llegar con el dinero que se ganaba diariamente a las 12:00 del día, esta vez eran las 3:00 p.m. y el niño no llegaba. La preocupación se fue generalizando entre los vecinos de la abuela, por eso a las 4:00 p.m. salió un grupo de vecinos en su búsqueda. De tantas preguntas y preguntas, sobre los sitios que frecuentaba el niño para vender sus diarios, llegaron todos a una calle que se ramificaba en tres y en la cuneta acostado bajo la sombra de un ficus en el suelo lodoso estaba Manuelito convulsionando debido a una fiebre muy alta. A su lado reposaban tres ejemplares del diario que no llegó a vender.
Lo llevaron al hospital, donde le diagnosticaron “bronconeumonia”. Convulsionando decía entre palabras cortadas, pero se le entendía: “Mis hermanitos no han comido hoy... no hay comido, porque en el bolsillo tengo la plata...quiero que ellos coman...” Hubo un silencio sobrecogedor. Doctores y enfermeras se miraron fijamente... Maneulito había muerto.
Este niño había dejado su impronta en la mente de todos en el hospital, cuando los vecinos contaron lo que hacía con sus hermanos y abuela. El doctor que lo atendió dijo: “Ejemplar entereza de un niño de solo nueve años de edad”. En ese momento una enfermera añadía: “Este era un ángel de Dios enviado a cuidar a sus hermanos y abuela”.
Anita fue adoptada por el doctor, Pedrín también, pero por la enfermera y Rufa la internaron en un Hogar para Ancianos.
MORALEJA:
¿Será el mensaje de Manuelito escuchado por padres desalmados que dejan a sus hijos vagar por las calles buscando cómo llevar algo de comer a sus hermanos menores y a su abuela?
PARECE PROBABLE.
Y tal vez se haya escuchado fuerte y claro. |