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La primera vez que alguien trató de “coimearme” tenía sólo dieciocho años de edad. Comenzaba a trabajar en el Juzgado Cuarto del Circuito Penal. Un conocido fotógrafo de sociedad había comprado una máquina sumadora nueva por treinta dólares, cuando realmente costaba más de trescientos.
Arrestaron al ladrón y cantó a quién le vendió el objeto robado.
“¿Cuánto tengo que darte para que “desaparezcas” el expediente?, me preguntó sin ninguna vergüenza, el fotógrafo.
Sus palabras fueron como un golpe en mi estómago. Todavía hoy, cuarenta y cuatro años más tarde, resiento que ese sujeto que no conocía, pensara que me podía “comprar” para que hiciera una mala acción.
Tartamudeando le dije que eso que quería era imposible. Y le expliqué el procedimiento que existía para su caso.
“Es que yo he gastado mucho dinero en la Policía Secreta y de nada me sirvió”, fue una explicación tonta para este jovencito que comenzaba a trabajar y ya se enfrentaba a la corrupción.
Al final, un hábil abogado convenció al Juez que el fotógrafo había sido un “comprador de buena fe” y lo absolvió.
A pesar que lo he visto varias veces en mi oficio de periodista, nunca he querido tener relación con ese fotógrafo que quiso corromperme.
Los años me hicieron comprender la angustia que sufría, pero no justificó que creyera que me podía corromper con unos dólares, para salirse del embrollo donde él solo se metió (queriendo obtener una “ganga”).
En ese entonces recordé una frase lapidaria de mi padre: “Nadie da nada gratis. No aceptes ni un real que no sea producto de tu trabajo”.
En lo más de cuarenta años de vida periodística y de profesor universitario, he tenido que resistir los embates de personas que querían darme dinero por “favores” o hacer cosas incorrectas.
A veces eran billetes de veinte dólares que le metían a Ud. en los bolsillos, para que hiciera “bien” una noticia o destacara un acontecimiento más de lo debido.
Esto lo hacían gente particulares (políticos entre otros), y hasta empresas que pensaba que con esa “propina” agradecían al periodista la “molestia” de hacer su información.
Una vez en la Asamblea repartían cheques con nombres falsos a ciertos periodistas “para mejorar su imagen”. Tuve que imponer mi criterio anti-corrupción, porque había colegas y superiores que insistían que debía aceptar ese “salpique”. (Esto fue hace años).
A veces colegas que tenían que divulgar un acontecimiento me ofrecían billetes si “ponía bien sus noticias”. Al rechazar esa “propuesta indecente” se burlaban de mi honradez.
“Tú siempre con tus vainas.. No cambias”, me decían algo molestos... y se embolsillaban el dinero de la corrupción.
No me siento la Madre Teresa ni el ser más honrado del mundo.
Achaco este valor cívico de rechazar coimas y “salpiques” a mi alta autoestima; las enseñanzas y ejemplos de honradez que me dieron mis padres, etc.
Confieso que no me he sentido un tonto por ser honrado, como pensarán algunos débiles de espíritu.
Aún hoy, a veces una alumna fracasada me dice maliciosamente: “¿Qué debo hacer para que no me fracase?”. Le contesto con cara de bobo. “¡Estudiar!”. |