Los primeros resultados de estas semifinales de la Liga de Campeones de Europa dejan en el tapete una final Arsenal - Barcelona para el 17 de mayo en París.
Barcelona ganó con una genialidad -de quién más- de Ronaldinho para liquidar un encuentro cerrado ante el A.C. Milan y su constelación de estrellas como Kaká, Shevchenko o Gilardino.
Y ayer Arsenal también ganó con otra pincelada del mejor jugador que para mi gusto había sobre el terreno de Highbury: Thierry Henry.
Hoy queremos compartir con nuestros lectores la visión del columnista del diario As de España, Tomás de Cos sobre el duelo Arsenal - Villarreal.
El fútbol, como todas las actividades colectivas, suele premiar el buen trabajo en equipo y la valentía en los momentos importantes. Y sin duda unas semifinales de Liga de Campeones lo son. Por ahí acabó el Arsenal volcando el primer capítulo de la eliminatoria a su favor. Los de Arsène Wenger exhibieron su mejor versión en la despedida europea de Highbury, su vetusto estadio. Con anticipación en cada balón dividido, con una presión asfixiante en la zona de creación del equipo rival –Riquelme, Tacchinardi, Senna y Sorín no pudieron nunca calmar el choque-.
Lo había advertido el sabio alsaciano en la previa. Ante el equipo más suramericano de la Liga española -probablemente de Europa-, el que mejor duerme a sus rivales con el hipnotizador ritmo cansino con el que Riquelme se hace dueño y señor de la pelota, los gunners debían proponer el ritmo alto de juego característico de las islas.
Pero para poner el astuto plan en marcha sobre el terreno de juego hace falta la solidaridad ejemplar demostrada durante toda la competición por el conjunto londinense. Una receta que permite evitar sobresaltos en defensa -ni Madrid ni Juve lograron hacerles gol- y que encumbra las enormes virtudes de Henry y Cesc, su tándem más letal. El primero adornado por su gran verticalidad, velocidad y desborde. El segundo, cuya progresión exponencial no parece tener fin, convertido en el mejor ejemplo de movilidad, fiabilidad y juego al primer toque. Ése compañero perfecto, a quien dar el balón en momentos de apuro, sabiendo que lo gestionará con la rapidez y el descaro necesarios para volver a ofrecerlo en clara ventaja a uno de los suyos. Talento en estado puro que pide a gritos entrar en la selección.