Esteban era el alumno más fornido de la clase de religión del profesor Pérez. Un día el profesor le preguntó:
-¿Cuántas flexiones de pecho puedes hacer?
-Puedo hacer sesenta -le contestó Esteban.
-¿Crees que podrías hacer ciento veinte?
-No sé -respondió Esteban-; nunca he hecho ciento veinte seguidas.
-¿Qué tal si las haces en series de cinco? ¿Crees que puedes hacerlo?
-Por lo menos puedo intentarlo.
Y así quedaron. Ese viernes al comienzo de la clase el profesor sacó una caja llena de galletas. Se acercó a la primera niña en la primera fila y le preguntó:
-María, ¿quieres una galleta?
María respondió:
-Sí, gracias.
-Entonces el profesor se volvió a Esteban y le preguntó:
-Esteban, ¿puedes hacer cinco flexiones para que María reciba una galleta?
-Claro.
Así procedieron hasta que terminaron la primera fila. Esteban hizo cinco flexiones por persona para que cada una pudiera recibir su galleta. En la segunda fila llegaron a Pedro, el capitán del equipo de fútbol. Cuando el profesor le preguntó si quería una galleta, Pedro respondió:
-¿Acaso no puedo hacer las flexiones yo mismo?
-No, las tiene que hacer Esteban -le contestó el profesor.
-Entonces yo no quiero una galleta -replicó Pedro.
Cuando terminó de hacer la última flexión, sintió que se le desplomaron los brazos y cayó de bruces contra el piso.
El profesor Pérez dijo entonces:
-Fue así como nuestro Salvador Jesucristo exclamó con fuerza: "¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!" Y consciente de que había hecho todo lo necesario para pagar el precio de nuestra salvación, se desplomó en la cruz y murió, aun por los que no querían aceptar esa salvación.