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Una noche hace 20 años irrumpí llorando en el cuarto de un amigo sacerdote, a quien le pedí que me ayudara a hacerme cura. Yo era entonces un chiquillo soñador, no menos loco que ahora, y tenía metida entre ceja y ceja la idea de que el mundo podía mejorar si yo profesaba los votos de obediencia, pobreza y castidad. Por esos años andaba encompinchado con un tal Jesús, a quien estaba conociendo, y su hazaña de la cruz me parecía toda una berraquera.
Mi amigo el padre me pasó el brazo por encima del hombro, y pidió que me calmara (con ese tono monacal que asumen ellos cuando confiesan) y decidió que dejaríamos al tiempo pasar, pero me aseguró que -ni más ni menos- todo lo que tenía que ser, sería.
Y precisamente: no fue.
Para ahorrar aburrimiento no contaré detalles del tiempo previo a los estudios de filosofía y religión de aquellos años, ni como los cambié por un par de zapatillas, 18 meses de vida errante y sin futuro, para saltar luego a la matrícula en la escuela de periodismo (a mitad de los años ochenta), cuando estudiar esa carrera era una franca tontería, porque ejercer como era debido solo aseguraba dos cosas: la cárcel o el cementerio.
Pero el tiempo me sirvió para conocer decenas de curas. Buenos y malos; santos unos, y escandalosamente perversos otros. Algunos dedicados al pastoreo de almas, amorosos y sacrificados; dispuestos a pasar hambre y peligro lo mismo que su gente. Los demás, pérfidos y vulgares, más interesados en su bolsillo y sus apetitos inenarrables.
Pero todos solos, confinados a pequeños cuartos donde duermen y estudian. Aprendí que el sacerdote es un ser solitario, quien cuando vuelve de la calle no encuentra a nadie en casa que le pregunte "¿cómo te fue en el trabajo? (...) ¿te caliento la cena?", ni algún travieso que le salte encima para gritarle : "¡te quiero, papito!".
Sé que el cura puede perder la fe, y sufre. Sé que puede llegar el momento cuando se encierra en su habitación, sin más compañía que Jesús y María, y que cuando deja de creer en Ellos está más solo que nunca, y entonces no hay paño que sirva para secar las lágrimas y acallar la terrible frustración.
¿Y el obispo? Peor... mientras más arriba en la pirámide, más solo.
Por fortuna, también hay curas y obispos felices, quienes a pesar de la soledad, esperan el alba con alegría, y saben que cuando despierten el sol volverá grandioso, y algunos terrícolas darán las gracias por el sacrificio de los sacerdotes.
Aprendí que, mejor que esos "machos" que se ufanan de su masculinidad prodigiosa, algunos curas manejan más bien que el carajo el tema de su sexualidad, y por eso se la ofrecen a Dios. |