Cuando escuchaba el canto de las cigarras sabía que estaba próxima la Semana Santa. También comprendía que estaría a la disposición de las tres mujeres que más quería en esa época de mi niñez.
La abuelita Teresa pedía que la compraran castañas. Era tal vez lo único que le pedía a la familia en todo un año.
A mi me tocaba ir al supermercado a buscarle las castañas. Al sancocharlas, la madre de mi mamá disfrutaba de los recuerdos de su niñez en su patria Italia.
Sabía además que tendría que satisfacer esa semana otro de sus caprichos: ir al cine a ver películas religiosas.
Cuando podía montarse en un bus, la gordita abuela lo hacía sin chistar. Su nieto Milcíades la cuidaba con esmero y la llevaba al cine de Calidonia.
Por eso yo sé tantas historias de este tipo de películas, pues a la fuerza las tenía que ver.
Nunca le dije a mi abuela que me molestaba llevarla al cine. Verla sonreída y llena de ternura por ver la pasión de Jesús en cine, era suficiente premio para "su nieto más querido".
Mi tía Elida era la otra dama que tenía sus "gustos" en Semana Santa que se relacionaban conmigo.
Ella gustaba de visitar "siete iglesias" y yo tenía que llevarla y cuidarla.
Acepto que luego de la tercera ya mi ánimo estaba decaído. "Mejor estaría jugando trompo con mis amigos", pensaba pero no se lo decía.
En aquella época (hace más de cincuenta años) los niños y jovencitos le hacíamos caso a los deseos de nuestros parientes mayores.
A veces mi hermano Orlando nos acompañaba. Pienso que también a él no le hacía nunca gracia estas actividades religiosas de la abuela, la tía y...¡por supuesto mi madres!
Ella nos tomaba de la mano y nos llevaba a ver la procesión. Creo que era la única vez en todo el año que mi madre nos imponía algo.
Realmente no nos hacía ninguna gracia estar en silencio, caminando lentamente, con la cabeza agachada, detrás de la imagen de Jesús.
Así que mi hermano y yo inventamos algunas "distracciones", para no aburrirnos en las procesiones.
Una de estas ideas "geniales" era engancharle la falta a la niña que iba adelante con un alfiler.
El asunto no era fácil, pero nos distraíamos. Cuando mi madre se daba cuenta del asunto, nos daba un tirón y nosotros poníamos cara de "yo no fui".
Una vez llenamos de harina cáscaras de huevo y las tiramos a los que iban adelante en la procesión...