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Transcurrían los primeras horas de la mañana del 14 de junio de 1992 en un pintoresco pueblito del interior, donde los políticos criollos llegaban constantemente aprovechando la fama nacional que tiene este lugar en el centro de la Península de Azuero. Al igual que todos los días, desde que iniciaron las clases de ese año, José Isabel Calderón de nueve años, se dirigía a la escuela de la mano de su querido padre.
Hoy voy a jugar béisbol cuando sea la hora del recreo- le dijo, muy contento y entusiasmado a Miguel.
De repente, al doblar la esquina de la calle de su barrio, pudieron observar cierta cantidad de lugareños que discutían afanosamente, mientras daban de manotadas. Asombradoos, se acercaron a ver que era lo que estaba ocurriendo. Sin perder tiempo y en un descuido, les explicaron -una bebita de apenas 15 meses ha caído en este pozo que se conoce como “pozo ciego” de una profundidad de unos nueve a diez metros, y nadie sabía como sacarla-. A medida que pasaban las horas la vida de la bebé estaba en juego. Esta pequeñita se llama Guadalupe María.
Este pozo ciego lo habían dejado abandonado, cuando una empresa perforadora de pozos profundos hizo exploraciones en el pueblo para la construcción del acueducto comunal, pero no dio resultado. Se decía que en el fondo tenía aguas podridas, incluso hasta con excretas, porque se filtraba las aguas negras sépticas de la laguna de oxidación de la población.
Miguel Calderón padre de José Isabel, era un albañil al cual le era muy familiar el uso de cuerdas y baldes, por eso de subir y bajar materiales en las obras, se le ocurrió una idea: como el pozo tenía una boca muy angosta, sólo permitiría el paso de un cuerpo pequeño, así que sin pensarlo más, le solicitó a su hijo que intentara rescatar a la bebita. Este niño confiaba ciegamente en su padre. José Isabel aceptó inmediatamente, por lo que minutos después descendió al pozo, atacado con una soga.
Cuando llegó al fondo, lleno de agua mal oliente que lo llegaba a Guadalupe hasta casi la mitad de su cuerpecito, intentó en varias ocasiones de levantarla, pero las manos se les resbalaban. Entonces lanzó un grito a su padre y, arriba, le enviaron otra soga con un gran nudo. Ahora si pudo sujetar a la niña.
Miguel pudo levantar primero a la nena, para luego subir a José Isabel quien asomó, sucio pero feliz y satisfecho a la superficie. En tanto, la mamá de Guadalupe llevó de inmediato a ésta al hospital infantil Cecilio Castillero, del cual fue dada de alta unas horas más tarde.
Cuando se regó la noticia por todo el pueblo y lugares vecinos de este hecho, todo el mundo estaba sorprendido en la escuela de José Isabel.
Este niño, con una parquedad, típicamente provinciana, no le había dado mayor importancia al incidente, por lo que no había dicho una palabra al respecto.
La gente lo rodeaba y le pedían que hablara de lo ocurrido, simplemente respondió: “Eso estaba oscurito, pero se veía. La bebita lloraba y yo tenía un poquito de miedo, pero no mucho”.
Los políticos de la provincia aparecieron todos; los actuales y los posibles candidatos próximos. José Isabel que no se explicaba a que tanto alboroto, si lo único que le preocupaba en ese momento era su cuaderno de matemáticas y por las reprimendas de la maestra Susana ante sus travesuras diarias.
Moraleja: Un niño salva una vida a cambio de nada.
Los políticos aprovechan el hecho, a cambio de conciencias. |