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700 años

Milciades Ortíz | Catedrático

La elección del Defensor del Pueblo ha logrado lo que jamás se imaginaron las pasadas generaciones de activistas por los derechos de la mujer: Crear conciencia sobre la necesidad de estimular la igualdad de géneros, pero sobre todo lograr que los hombres reflexionáramos sobre la certeza del histórico maltrato dado a las mujeres.

En nuestro país nunca se había abordado este asunto con tanta sinceridad como ahora, con el legítimo deseo de comprender y superar esta retrógrada etapa del comportamiento humano. Mujeres como Teresa Yanis de Arias, Balbina Herrera y Gloria Young, por citar sólo tres, han sustentado con sus aportes a la legislatura, este movimiento y con sus acciones han demostrado la nobleza y la energía del espíritu femenino.

Con la divulgación otorgada a este caso en los medios de comunicación, muchos panameños y panameñas han expresado su opinión sobre la figura del nuevo Defensor del Pueblo; pero en la intimidad hemos meditado en torno a los derechos femeninos y de paso, con la sincera intención de enmendar el agravio, muchos hemos reconocido la necesidad de realizar profundos correctivos a favor de las damas.

En este punto recordamos la presencia musulmana en España por 700 años, siglos en que dejaron un preclaro legado de ciencia y cultura, pero también un oneroso lastre de discriminación hacia la mujer, traído después a América por los colonizadores.

Aquí hacemos un alto para observar que una de las cosas más importantes de la España después de Franco, es la consecución y robustecimiento de la democracia. Luego de la ultraconservadora y oscura dictadura del Generalísimo, la Madre Patria es un ejemplo de desarrollo y respeto a los derechos humanos, en particular de las mujeres, gracias a su moderna legislación, pero sobre todo a la educación.

En nuestro país no se ha enseñado a los y las jóvenes el verdadero valor de la mujer; por lo tanto, no ha habido orientación sobre la forma en que se debe vivir en pareja con tolerancia y respeto. Antes existían colegios exclusivos para señoritas, así como también para varones, algo absurdo porque los y las adolescentes no tenían oportunidad de alternar con el sexo opuesto y entenderse desde esas tempranas etapas.

Otro punto que ha abonado estos prejuicios es haber visto a nuestras madres y abuelas trabajar en oficios domésticos sin derecho a nada, mientras nuestros padres hacían uso de todas las libertades posibles. Ahora escuchamos a algunas damas decir que son madres y padres, lo que demuestra otra desviación porque demuestra la irresponsabilidad del hombre con relación a sus hijos e hijas.

Debemos aprovechar la polémica surgida en estos días para delinear un plan educativo integral liderado, precisamente, por la Defensoría del Pueblo, cuya iniciativa debe enfocarse a la modernización de estos procesos pedagógicos, a través de campañas de concienciación sobre la importancia de la igualdad entre ambos sexos. Estos cambios son difíciles de lograr pero no imposibles. En nuestro fuero interno, los panameños hemos reconocido que hemos sido y somos maltratadores en algún nivel, pero también podemos crecer y evolucionar para proporcionar felicidad a las mujeres y darle a su vida un matiz diferente donde impere la equidad, el respeto y la solidaridad. Reconocemos que la vida sin una mujer a nuestro lado, no tiene ningún sentido.



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