Nunca antes en los precios de los productos de la canasta básica familiar, el consumidor había presenciado y sufrido tanto en carne propia y en su bolsillo, los efectos negativos y la inestabilidad en el costo de los insumos de primera necesidad.
Esta situación se puede palpar a diario en los mercados locales con el rubro de los vegetales por ejemplo, que hoy están a un precio y al día siguiente a otro, a pesar de que la siembra, cultivo y cosecha provienen de la misma temporada.
Igual ocurre con los productos del mar que, aunque no estén catalogados como tal, han incrementado los precios de manera desmesurada, vedándoles a las familias con menos recursos el acceso y disfrute de un plato antaño degustado hasta por los más pobres.
A la prehistoria pasaron los tiempos del bacalao con papa, el pargo rojo, la corvina, mero y tantas otras especies de la cocina marisquera que hoy sólo adornan la mesa frugal de quienes disfrutan de una economía estable.
Obsérvese que no he incluido en esta lista, langostas, langostinos, camarones, pulpos, centollos y cangrejos que un día más tarde que temprano serán piezas del museo gastronómico en la cocina popular.
El resto de la población debe conformarse con el filete del toyo (tiburón pequeño), bagre, congo, choveca de agua dulce, revolutura y cojinoa que igual se han encarecido por la falta de control de precios, expresión lingüística esta, que ha pasado a ser subversiva en una economía neoliberal de mercado abierto y anárquico.
Como si fuera poco, cualquier argumento es utilizado para aumentar los precios de los comestibles sin una comprobación real por parte de la entidad que cambia de nombre cada vez que hay un nuevo gobierno.
El pretexto más desgastado es el del aumento en los precios de la gasolina, pero ¿por qué no hacen la rebaja cuando baja el petróleo?