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Milciades Ortíz | Catedrático

A pocos segundos de comenzar a subir la loma me detuve. Puse la mano en el corazón para ver si estaba a punto de estallar. ¡Qué alivio! Palpitaba rápido, pero no exagerado.Moví los dedos de los pies y no sentí ningún dolor. Eso me dio poder para seguir subiendo por el pedregoso sendero que conduce al poblado El Macano, en El Valle de Antón.

Era medio día del lunes tres de marzo. Hacía turismo interno recorriendo un camino que para mí se ha convertido en una peregrinación religiosa.

Resulta que tengo más de cincuenta años de subir esa loma y nunca he llegado al poblado El Macano.

Cuando era adolescente mi padre nos descubrió el sitio. En ese lugar mi hermano Orlando y yo íbamos de cacería hace muchos años, cuando no había nadie.

En los años ochenta el sendero se convirtió en una galería de práctica de tiro personal. Lo hacía con precaución y nunca tuve inconvenientes.

A veces en mis caminatas veía culebras que se escabullían en la maleza, ante los intentos de matarlas.

Los años han pasado. Cerca de los setenta años, subir ese cerro significa que todavía tengo poder para hacer cosas "extremas".

Mientras pisaba con cuidado, evitando algún "bicho" o un resbalón, pensaba que "al Diablo se fueron cualquier comienzo de artritis o artrosis".

También recordé al médico que siempre me recomienda hacer ejercicios con una máquina "caminadora". Si me viera subir la trocha sin que me dé un "faracho", seguro que se asombraría.

Claro que tenía que descansar a cada minuto de caminata. Abriendo la boca llenaba mis pulmones de oxígeno. A mi edad hay persona tiradas en un sillón, porque creen que no pueden hacer actividades físicas.

Comprendía que escalar esa montaña se ha convertido en una muestra de que todavía puedo revivir mi juventud. El camino está casi igual a hace cincuenta años y me trae muchos recuerdos...

Pensé en una frase que se supone dijo Picasso, el excéntrico pintor: "cuando alguien me dice que estoy muy viejo para hacer algo... ¡voy corriendo a hacerlo!".

Pero soy realista. Sé que en algún momento no podré darme el lujo de subir "la montaña encantada" de mi juventud.

Y sentía lo cierto que es la frase del poeta Miró, cuando dijo que "la Patria son los viejos senderos retorcidos, que el pie desde la infancia recorrió".

No importa... Este año lo pude hacer y eso me llenó de alegría. Me hizo sentir joven, aunque mi figura actual diga lo contrario...



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