Aunque uno no busque enemigos, inevitablemente existen aquellos que nos envidian o nos odian, por A ó B motivo. Ya sea porque nos va bien en la vida, porque les quitamos una novia o le ganamos un ascenso en el trabajo, los envidiosos están por ahí, acechando, plagándonos el camino con cáscaras de guineo para hacernos resbalar.
Una de las cáscaras que nos tiran consiste en difundir rumores falsos sobre nosotros, o sobre personas allegadas. Sueltan el rumor en varios oídos, y se va difundiendo de un lado a otro, hasta que nos llega finalmente, con varias distorsiones y exageraciones.
Lo peor que podemos hacer en estos casos, es "comernos el cuento" de salida. Sobre todo si se trata de uno que a todas luces suena a mentira.
Estos rumores se difunden precisamente para sacarnos de quicio, para ponernos iracundos, y afectarnos emocionalmente. Parece mentira, pero hay gente que disfruta torturando psicológicamente a aquellos que sencillamente le caen mal.
Siempre hay que "verificar las fuentes", como hacen los buenos periodistas, e investigadores.
Si las malas lenguas son precisamente eso, malas, ¿por qué siempre parece que tuvieran más credibilidad que lo bueno que escuchamos?
He ahí el razonamiento que debemos hacer cuando llegan comentarios venenosos a nuestros oídos.
Lo mejor es concentrarse en los débiles cimientos de la información falsa, derrumbarlos y hacerlos públicos ante todo el mundo.
Es muy difícil; casi imposible, hallar la fuente misma de los rumores infundados. Sin embargo, al comprobar su falsedad, podemos regocijarnos pensando en que ese mentiroso o mentirosa está "que se lo lleva el diablo" pensando en que su veneno no tiene efecto alguno sobre nosotros.