La comunidad tiene que tener valor. Un barrio populoso como Curundú no puede vivir prisionero de las bandas que controlan a diestra y siniestra todos los rincones del corregimiento. No es posible que unos cuantos maleantes decidan incendiar más de un centenar de casas y con ello maten a tres niños y pocos se atrevan a denunciar a los responsables.
No se puede vivir con miedo. La gente buena de Curundú -que sin duda son los más- no debe permitir que la delincuencia los acorrale. Es un problema de años. Quizás la sociedad se hizo de la vista gorda y no le prestó importancia a las pandillas que poco a poco crecían.
Hoy las bandas son los que imponen la ley en Curundú. A cada momento se enfrentan a tiros y en esa refriega, las balas alcanzan a niños, mujeres y hombres que nada tienen que ver con esa guerra estúpida.
Llegó la hora de poner un freno a esos pistoleros. La comunidad debe organizarse y expulsar de su seno a esas lacras. La Policía y la PTJ también deben cumplir su papel. No es posible que la autoridad tenga miedo de ingresar a Curundú.
Los estamentos de seguridad saben dónde viven esos pandilleros y debe vigilarlos para que corrijan su conducta o de lo contrario irán a las cárceles.
Lo sucedido con el incendio de 137 casas que dejó a 700 personas damnificadas, es la mejor oportunidad para sanear de una vez por todas al barrio de Curundú. Es una lástima que en Panamá tengan que ocurrir tragedias para que se proceda a la adopción de medidas, que debieron tomarse hace mucho tiempo.