Sábado 24 de marzo de 2001

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  OPINION

EDITORIAL
Corrupción

Es el vocablo de moda y por antonomasia con el que se designa a algunos personajes del actual gobierno.

El diccionario define al hombre corrupto como dañado y perverso, mientras que otros lo interpretan como un halago y sinónimo de "bellaco", que, es decir, una persona de mucho ánimo y pocos escrúpulos.

Hablar de corrupción en los actuales momentos pareciera una generalidad, y es por eso que hay acusaciones recíprocas entre políticos oficialistas y de oposición que usan alegremente el término como si no fueran conscientes del significado de la misma palabra.

El solo hecho de que a un ciudadano se le compruebe estar involucrado en actos de corrupción, debiera ser motivo para que estuviera encarcelado, pero por la aureola de ese delito, poco falta en Panamá para que a este delincuente lo condecoren o lo declaren hijo meritorio del país.

Ante las evidencias tenemos que reconocer la influencia negativa que se da en todos los estratos sociales con estos individuos, para lo que es algo trivial la apología del delito. El corrupto y el corruptor forman un binomio de elementos de baja catadura moral, pero que maniobran entre bastidores para lograr los favores de alguna cúpula o elite de mediocridades encumbradas que sirven a su propósito. De allí que sugieran mendrugos de pan y circo para distraer la atención de las prioridades a la que deben atender. El corrupto y el corruptor tienen su objetivo muy claro, que son el tráfico de influencias y el asalto a las arcas del Estado.

El gobierno tendrá que hacer muchos esfuerzos para borrarse el estigma que lo acompaña. El problema tiene un arrastre, pero en Panamá un escándalo financiero tapa el otro y muy pronto vemos que en el baúl del olvido se archivan las denuncias del pasado, como si el pueblo sufriera de amnesia histórica. Un ejemplo lo tenemos en el Proyecto Colectivo de Vivienda de la Caja de Seguro Social, del cual nadie quiere acordarse. Ahora está en el tapete la compra de medicamentos, cuyos precios fueron inflados por los responsables de esas transacciones comerciales.

Al llegar a la Semana Santa, no duden que este asunto estará en ruta al olvido, porque así suceden las cosas en Panamá.

Parecemos un país de "llamaradas de capullos". Somos emotivos y nos seducen o deslumbran las cosas al momento. La indolencia nos hace ser irresponsables y es por eso que fallamos como contribuyentes. Como nación alegre y confiada, no es de extrañar que todavía vengan de afuera a cambiarnos "oro por espejitos", como hacían en el tiempo de la conquista con los indios, porque no nos dábamos a respetar y como nos ven, nos tratan.

PUNTO CRITICO

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