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Inevitablemente no podemos contrariar a la naturaleza cuando nos sobreviene una enfermedad, sea ésta temporal o permanente, y aún más cuando la vejez también la acompaña.
A nadie le gusta estar enfermo, y menos si requiere de la atención de otros para sobrellevar la enfermedad. Pareciera que sólo somos "buenos cristianos, hermanos o amigos" cuando estamos en buen estado de salud, pero ni siquiera somos capaces de darle un vaso de agua a nuestro propio pariente, cuando éste lo necesita.
Es muy frecuente observar familias numerosas que a la hora de atender a un enfermo se hacen de la vista gorda y piensan que sólo los que viven en la casa les corresponde atenderlo.
Si somos familia, estamos en las buenas y en las malas, no importa cuanto compromiso se tenga; hay tantas maneras de colaborar con la salud de un enfermo, que ya casi no existen excusas: suministrarle la medicina, llevarlo a su cita médica, bañarlo, vestirlo, darle de comer, etc.
Solo es cuestión de organizarnos y delegar funciones, para que no todo recaiga en una sola persona, quizás esa que no está todos los domingos en la iglesia, ni trabajando de sol a sol. |