A mediados de la década del ochenta, terminó en Centroamérica una de las guerras más sanguinarias y fratricidas que hayan azotado la región, con saldo de miles de muertos, heridos, huérfanos, mutilados y desplazados. El epicentro de la confrontación militar se desarrolló en Nicaragua, Honduras, Guatemala y El Salvador.
Esta guerra, cuyas heridas aún no cicatrizan, fue alimentada desde el extranjero por las grandes potencias con tecnología y pertrechos militares, los que, como en toda acción bélica, produjeron solamente pobreza, destrucción de las economías locales y un alto costo en vidas humanas.
Miles de salvadoreños, nicaragüenses, hondureños y guatemaltecos huyeron de sus países de origen para refugiarse en otras naciones del continente, mayormente en los Estados Unidos.
Terminado el conflicto, firmada la paz tan ansiada, los mismos países, antes golpeados por la violencia, vuelven a ser sacudidos por otro fenómeno tan desgarrador como el anterior. Procedentes de los Estados Unidos aparecieron las pandillas juveniles o Maras, un subproducto de la sociedad industrializada y de la marginación social en las grandes urbes del mundo.
Solamente en Guatemala, medios internacionales de prensa reportaron 500 muertos en los primeros dos meses del año 2006, a causa de la violencia.
La ola de crímenes y delitos perpetrados han traído como consecuencia la reacción de una población afectada constantemente por la violencia. Así, en este punto tan crucial, quienes allá han sufrido los efectos de la violencia generalizada comienzan a hacer justicia por sus manos dando pábulo a la reaparición de términos como "limpieza social", "paramilitarismo" y "escuadrones de la muerte" que se creían incinerados en el pasado siglo.
Las recomendaciones de sacerdotes católicos que trabajan corrigiendo a jóvenes pandilleros deben ser tomadas en cuenta.