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En el libro "Laberinto de Ausencias" que recientemente recibí como regalo del doctor Aristides Royo, entre una magnífica selección de sus escritos, el autor narra con impecable y amena prosa "El extraño caso del doctor Barry", que no es un caso al estilo de los de Sherlock Holmes pero que es, sin duda, una extraña historia que no por extraña deja de ser auténtica. El Precursor Francisco de Miranda, hombre con fama de galante, contaba con una rica biblioteca privada en su residencia en Londres; el joven James Barry quien frecuentaba a Miranda, se mostraba interesado en los textos de medicina con que contaba la biblioteca. El joven ingresó en la Facultad de Medicina de la afamada universidad de Edimburgo en Escocia y en 1812, a los 17 años se graduó luego de presentar su tesis en latín, que dedicó a Francisco de Miranda; ejerció su profesión de médico en varios países del imperio inglés y llegó a alcanzar el grado de General de Brigada en el ejército británico. Hay quienes dicen que Barry era hijo de Miranda, otros que era hijo, probablemente ilegítimo, de algún personaje importante. Pero lo que califica de extraño este caso es que al morir, cuando fueron a vestir su cadáver, se descubrió que James Barry no era él, sino ella. En 1792 Miranda escribió a un amigo en los siguientes términos: "¿Por qué dentro de un gobierno democrática la mitad de los individuos, las mujeres, no están directa o indirectamente representadas, mientras que sí están sujetas a la misma severidad de las leyes que los hombres hacen a su gusto?"
Dice el doctor Royo: "lo cierto es que en las luchas por la reivindicación de la mujer, Francisco de Miranda, a quien solamente se le puede vincular con la independencia de los países americanos, debería ocupar un sitio de honor". ¿Llegó a saber Miranda la verdad sobre Barry? No se sabe. En cuanto a James Barry, mi solidaridad por el sacrificio de renunciar a su sexo para alcanzar lo que más anhelaba: ejercer la medicina ¿Qué mejor prueba de lo absurdo de los prejuicios contra las mujeres? |