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Mi Calle Abajo

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Ing. Henry Rowly

Este año, como en cualquier otro, me dirigí hacia la Península de Azuero y más exacto al bello pueblo de Las Tablas. Mi entusiasmo casi inerte no era como el de otros años. La atribuí a este hecho que quizás la edad no me acompañaba. Era un jueves antecediendo el comienzo del carnaval. Al llegar a la entrada de Las Tablas, mi inercia se fue desvaneciendo y el sentimiento de mi Calle Abajo se fue apropiando de mi mente.

Banderas desplegadas de Calle Abajo adornaban la entrada de Las Tablas y esto hizo un efecto en cuanto a mi estado de ánimo se refería. Los preparativos se llevaban a cabo de una forma fugaz y la adrenalina del Parque Porras iba subiendo de nivel. Pequeñas bandas se iban sumando, los flamantes balcones de Calle Abajo iban adornándose de diferentes diseños para engalanar la fiesta que venía. La práctica de la murga el jueves en la noche, era un preámbulo majestuoso de lo que estaba por venir. Fue en ese preciso momento que comprendí que todos los seres humanos somos diferentes. A unos les encanta la política, a otros les encanta la paz, a otros el dinero, pero para mí todas esas cosas no tienen valor, sólo el sentimiento henchido de mi Calle Abajo.

Ya el viernes iban llegando conocidos que sólo se les ve en Calle Abajo una vez al año ¡Carnaval!... Quizás ellos comprenden éstas... pues llevan estampado en el corazón el mismo sentimiento mío.

La coronación de la reina fue el comienzo del festival de emociones que pasaron por mi mente.

Ya el sábado en la mañana desde el balcón de Calle Abajo comenzó el primer carro cisterna a deleitar con agua el comienzo del carnaval. Y nuevamente reaccioné y me di cuenta que no era un sueño sino una realidad. Pedro Altamiranda sintió el mismo sentimiento cuando escribió su canción y quizá creo yo que él era de Calle Abajo. Y así fueron pasando los días y Marcos Díaz quemaba morteros, cohetes chinos, nacionales y cuantos otros cohetes existieran; Milce Vanegas tocaba la campana en la murga. Gordón fungía como maestro de ceremonias para alentar a los presentes, Roberto Villalaz tuvo su debut triunfal de locutor, Monchi Villarreal no podía esconder su sentimiento de dirigente de los fuegos; Ramón, Roberto, Raúl y Rogelio adornaban los carros alegóricos y sobre todo a nuestra reina Zenaida Masiel I, y la Ñata sacaba energías de donde no tenía para que la tuna fuera un éxito. La Ñata es digna de admirar.

Carlos Lam dirigía su murga, Beby y el padre Rey Don Toño velaban por la seguridad.

El lunes en la noche se empañó un poco el carnaval pues los egos de grandeza de ciertos dirigentes de la tuna contraria no dejaban que el carnaval prosiguiera dignamente. Aferrándose a sagrados principios, sin haber meditado con anterioridad que en un carnaval trivialidades tan pequeñas, no pueden anteponerse a un espectáculo de tal magnitud.

 

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