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Miércoles 15 de marzo de 2000


MENSAJE
Preso voluntario

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Hermano Pablo

Puede salir en libertad -le informó el juez de La Paz, Baja California, en México-. Hemos observado su buena conducta en la cárcel, y hemos decidido abreviar su condena. Está usted libre para volver a su familia y comenzar una nueva vida en libertad.

Para sorpresa del juez, el preso rechazó el indulto. "Señor juez -explicó-, me metieron aquí por narcotraficante, y la sentencia era justa, pero aquí en esta cárcel he tenido una experiencia espiritual que ha cambiado mi vida. He conocido a Cristo, y quiero finalizar mi condena aquí, para darlo a conocer a mis compañeros de prisión." Estas fueron las palabras del preso, Ignacio Mancida.

Esta notable historia la cuenta Alejandro Tapia, arquitecto de la ciudad de La Paz, Baja California, que llegó a ser un denodado seguidor de Cristo. El señor Tapia comenzó a compartir su testimonio en la cárcel de su ciudad, y al poco tiempo había más de cuarenta presos que hicieron profesión de fe en Cristo como su Salvador. Entre ellos se encontraba Ignacio Mancida, que optó por quedarse en la cárcel para dar a otros el testimonio de su conversión.

Hay en este mundo, como prueba irrefutable del deterioro de la humanidad, muchísimas cárceles, penitenciarías, reformatorios y prisiones. Hay también muchas clases de presos. Presos injustamente encarcelados. Presos que muerden de rabia los barrotes de su celda. Presos por asaltos y asesinatos. Presos políticos. Y presos para toda la vida. Pero presos voluntarios, que se quedan en la cárcel sólo para predicar el evangelio de Cristo, hay pocos, muy pocos.

Hubo un tiempo célebre en la historia humana cuando los cristianos de Moravia que abrazaron la reforma religiosa del siglo XVI llegaron hasta a venderse como esclavos para proclamar la buena noticia a otros esclavos. Tal era el amor que sentían por sus compañeros.

El apóstol Pablo padeció varios años de cárcel. Estuvo preso en Jerusalén, en Cesarea y en Roma por predicar el evangelio, y siempre aprovechó su estancia en la cárcel para predicar la libertad espiritual a los cautivos. Porque todos los hombres de este mundo son cautivos de lo mismo: del pecado.

Cristo todavía está redimiendo a hombres y mujeres de la cárcel opresora del pecado. Todos somos prisioneros, o del pecado, o de Cristo. Todo el que no ha hecho de Jesucristo el Señor de su vida, está en la cárcel del pecado. Fue por la urgencia del mensaje de libertad que Cristo les dijo a sus discípulos: "Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura" (Marcos 16:15).

 

 

 

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