MENSAJE
Un gran amigo de los latinoameri-
canos
- Hermano Pablo,
- Costa Mesa, California
En el año de 1924
me retiré del servicio activo de mi país para trasladarme
a los Estados Unidos y terminar mi carrera de ingeniero -narra un expresidente
latinoamericano-. En la clase de cálculo integral en la Universidad
teníamos un profesor norteamericano, por cierto muy competente, pero
a quien no le caían bien los hispanos. Un día nos explicó
uno de los problemas más difíciles del libro con la solución
exacta, pero no con el resultado que traía el libro. Después
de repetir tres veces la aplicación con el mismo resultado negativo,
nos puso como tarea cinco problemas encabezados por éste. En casa
decidí resolver los otros cuatro problemas primero, y luego logré
resolver personalmente el problema principal sin seguir las explicaciones
del profesor. Afortunadamente para mí, el resultado que obtuve era
el que tenía el libro.
Al día siguiente me presenté pocos minutos antes de iniciarse
la clase y le dije al profesor: "He resuelto el problema que usted
nos explicó ayer, y he obtenido el resultado que dice el libro. Tal
vez la equivocación esté en un cambio de signos, en esta parte."
Él comprendió inmediatamente el error. Empezó la clase.
Era la costumbre que a medida que pasaban la lista, cada estudiante iba
diciendo el número de problemas que había resuelto. Muchos
de los alumnos habían dicho cinco, porque habían copiado exactamente.
El profesor se sorprendió con la respuesta de cuatro que le di yo
porque sabía que yo tenía los cinco problemas resueltos. Comprendió
la intención con que yo había negado la verdad o me había
abstenido de decir los cinco problemas, salió al tablero y explicó
la equivocación. Este pequeño detalle sirvió para que
ese profesor, que tanto odiaba al elemento latino, de ahí en adelante
fuera un gran amigo de los latinoamericanos.1
Esta anécdota personal de uno de nuestros presidentes del siglo
xx ilustra una de las diferencias más marcadas entre la cultura anglosajona
y la latinoamericana. La anglosajona se preocupa poco por evitar que quede
mal una persona, mientras que la nuestra, en aras de hacer quedar bien a
una persona, no se preocupa por decir toda la verdad. En un mundo en que
a las diferencias culturales se suman los prejuicios raciales, y que éstos
se repiten de una manera cíclica en nuestra historia, debiera llamarnos
la atención el que Dios, el Creador de todas las razas, jamás
ha hecho, ni está haciendo en nuestra época, distinción
entre personas. No tiene favoritos; más bien, nos ama y nos estima
a todos por igual. San Pablo declara que ya no hay judío ni griego,
esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos somos uno solo en Cristo
Jesús.2 A Dios gracias que ahora que los avances en la comunicación
global nos unen a los seres humanos como nunca antes, ese mensaje del siglo
primero sigue siendo tan vigente como nunca.
Jesucristo siempre ha sido &laqno;un gran amigo de los latinoamericanos»,
pero quiere también ser nuestro hermano. Para que esto suceda, sólo
tenemos que hacernos hijos adoptivos del mismo Padre celestial, uniéndonos
así a su familia universal.

1Gustavo Rojas Pinilla, Rojas Pinilla ante el Senado (Bogotá:
Editorial Excelsior, 1959), pp. 551-52. 2Gá 3:28


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