El hombre tiene que ser introducido en la vida, tiene que comprometerse, superar cada etapa y cada error, abriendo sus ojos y su corazón, luchando productivamente, progresando al trabajar en sí mismo. El solo hecho de querer el cambio en nuestro interior, es buen síntoma de orientación anímica individual. Pero querer no es realizar, para que el cambio se dé, tiene que haber una acción y una actitud que lo demuestre, y para llegar a esa conversión espiritual, trabajamos abnegadamente en un propósito que no declina ningún esfuerzo o sacrificio.
La autenticidad de ese cambio no se puede definir, florece en la batalla del conocerse a sí mismo, de descubrir qué somos, qué sentimos y qué grado de espiritualidad aspiramos. La reflexión, el auto-análisis y la acción deben estar orientados a hechos que demuestren cuál es nuestro nivel elevado, puesto que el amor, esa fuerza que nace luego de ese cambio, no es un hecho y no es un acto; es una disposición interior, es la culminación de la magia espiritual, es la última fuerza curativa para todo los sufrimientos del alma. Así nuestro espíritu obra aunque se arriesgue a enfrentar la plena realidad social, cultural y jurídica porque el amor es el don de poder percibir lo divino, aún ante el cínico disfraz de la cruda realidad, y sólo favorece a quienes han alcanzado la madurez espiritual.
Al llegar el ser humano a este nivel de espiritualidad la vida reserva una gran cantidad de luchas auténticas para los hombres que pueden llegar a conocer y sentir las fuerzas celestiales sin temor, inseguridades, hambre o frío, porque es cuando esa fuerza celestial llamado Dios busca la forma, el momento preciso, oportunamente y a través de la conciencia moral nos habla y nos señala, por mensajes, intuición, sueños y corazonadas, aquello de lo que debemos aprender y aquello de lo que debemos apartarnos.