Cuando su equipo anotaba una carrera, aquel hombre de la campiña salomaba y decía: "Vamos mi equipo carajo".
Allí estaba con su camisa blanca bien cuidada, sus cutarras de correa de cuero chocolate y su inseparable sombrero pintado, parado justo en dirección al "plato".
El "compa" miraba atento el partido. Conocía a los muchachos de su equipo y cada uno de los rincones del Olmedo Solé de la ciudad de Las Tablas.
De repente se acordó que llevaba un radio en el bolsillo delantero derecho de su pantalón oscuro.
Luego miró hacia donde estaba un hombre con una canasta llena de empanadas. Lo llamó y pidió cuatro pastelitos que mojaban un cartucho chocolate. El juego lo presenció de pie. Tres horas sin moverse y sin doblar sus rodillas. Fuerte como el poste de macano negro... se fue.
Allá iba, comentando las jugadas... experto y conocedor.
¡Viva el béisbol!