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La ola de violencia que asoló esta semana la parte indonesia de la isla de Borneo provocando más de 400 muertos |
La ola de violencia que asoló esta semana la parte indonesia de la isla de Borneo provocando más de 400 muertos, reveló la crisis que atraviesa la democracia de ese país y la vigencia de las tensiones raciales que son consecuencia de la política inmigratoria de una nación donde conviven unos 300 grupos étnicos.
Como había ocurrido en 1999, cuando unas 3.000 personas fueron asesinadas, la región de Kalimantan central se convirtió en los últimos días en el escenario de una verdadera "caza del hombre", desatada por las tribus dayaks contra los inmigrantes de la Isla de Madura (cerca de Java), a quienes acusan de no respetar sus costumbres y de acaparar las riquezas.
Armados con hachas y machetes, los dayaks recorrieron las calles de Sampit y Palangkaraya matando madurenses, saqueando e incendiando sus casas. Cuerpos decapitados en las calles y desfiles triunfales de los dayaks, que tienen una reputación ganada como "cazadores de cabezas", muestran el nivel que alcanzó el odio y la violencia.
La ira de los dayaks sólo se atenuó el pasado miércoles, cuando lluvias torrenciales inundaron Palangkaraya y la policía y 650 soldados de elite, enviados al lugar tardíamente el lunes, decidieron poner fin al descontrol reinante.
Antes, las fuerzas de seguridad indonesias habían demostrado una gran pasividad ante las titud que algunos analistas consideraron voluntaria y otros, fruto de su incompetencia.
Cuando las fuerzas del orden por fin actuaron, el mayor daño estaba hecho: unos 400 muertos, dos ciudades arrasadas y decenas de miles de refugiados madurenses en improvisados campamentos, a merced de epidemias, sin agua y sin alimentos, esperando ser trasladados hacia Java.
Los dayaks, que tenían como objetivo echar de "su" tierra a todos los madurenses, no detuvieron su odio ni siquiera ante la huida de sus enemigos, como lo muestra la matanza de 118 refugiados a bordo de un convoy escoltado por la policía, y la aparición de nuevos cuerpos en las afueras de Sampit el jueves.
Pero si la violencia étnica tiene como causa inmediata el resentimiento por la prosperidad de los madurenses y el no respeto de las costumbres dayaks, su raíz se remonta al programa de "transmigración" vigente en la época del ex presidente Suharto.
Esta política aumentó las tensiones étnicas entre las poblaciones locales y los inmigrantes que, como los madurenses, abandonaron las pobres condiciones de vida en sus hogares para buscar un porvenir mejor en Indonesia.
Dos días después del inicio de los enfrentamientos, un diario local, el Indonesia Observer, publicó que dos ex funcionarios habían distribuido 20 millones de rupias (unos 2.080 dólares) para "matar gente e incendiar casas", como venganza por haber perdido su trabajo.
El resultado del proyecto de Suharto, alejado del poder en mayo de 1998, es un país de 210 millones de habitantes víctima de una serie de tensiones étnicas, separatistas o religiosas -como en el caso de las Molucas norte- que puede desembocar en un proceso de desintegración.
En las Molucas norte, el Movimiento Aceh Libre (GAM) lucha por un estado islámico independiente en la provincia de Aceh desde mediados del 70.El año pasado 850 personas murieron por la violencia desatada entre las tropas del gobierno y los rebeldes.
La vigencia de los conflictos raciales dejó al descubierto además la crisis que atraviesa la joven democracia indonesia, con su presidente Abdurrahman Wahid debilitado mientras enfrenta un proceso de destitución a raíz de dos escándalos financieros por seis millones de dólares.
Primer presidente elegido democráticamente, Wahid se encontraba de gira en Africa cuando comenzaron los hechos violentos, y rechazó un llamado de la vicepresidente Megawati Sukarnoputri para regresar en forma anticipada a Indonesia.
"Los medios informativos internacionales tienen una falsa impresión sobre Indonesia, piensan que me encuentro arrinconado, debilitado por la situación", repite Wahid, señalando que las informaciones habían "exagerado" la amplitud de los crímenes de los dayaks.
Su postura, sin embargo, se contradijo con las "lágrimas" derramadas por Sukarnoputri cuando visitó el jueves la ciudad de Sampit y observó la desesperación de los miles de refugiados, y con la visión que tiene Estados Unidos de la situación de Indonesia en general.
"Indonesia vive una importante transición política y los problemas y la violencia pueden extenderse sin aviso a todo el país", dijo el departamento de Estado norteamericano en un comunicado difundido el miércoles último. |