Cada año es peor. Tal como ocurrió en el 2003 las mujeres, inclusive niñas, menean sus traseros al ritmo del regae simulando un verdadero coito.
Las fiestas del carnaval cada día son más abominables para Dios. Lo moral se entierra por cuatro días y es desenterrado al quinto día, cuando supuestamente todo vuelve a la normalidad.
De nada sirvió que la Iglesia, los medios y las autoridades recomendaran a la juventud adoptar un comportamiento adecuado durante los carnavales.
Tanto en la capital como en el interior se ha visto a las chicas moviendo sus cuerpos muy sensualmente. Unas hasta se han despojado de sus ropas, para quedar en ropa interior o provocativos vestidos de baño, generando a la vez excitación entre la muchachada congregada en torno a los culecos. A estas muchachas no se les aprecia la mínima vergüenza, no se sonrojan ante los gritos de la multitud de hombres que le piden más y más.
Es lastimoso ver cómo una persona se pone en ridículo ante otras, sólo por dejarse llevar por el son de una canción, del público o de un animador. Será acaso que la moral y el orden no imperan en el pensamiento de la juventud, en parte, entregada al desenfreno del carnaval, y en otra, doblegados por el falso sentir de divertirse.
Llegará el día en que impere una conducta sana en cada ser humano. Ese día está por venir y de seguro muchos se sorprenderán cuando perciban que sólo Dios podrá cambiar esa irracionalidad que la humanidad demuestra durante los cuatro días del carnaval.
Ojalá este año, después que se acabe la farsa, muchos panameños mediten en la intimidad de su casa si en realidad valió la pena derrochar todo el dinero, beber todo el licor y practicar sexo con cualquiera. Es bueno que busquen de Dios por su bien.