Hay personas que desconfían de todo y de todos. Cuando un amigo o conocido se le acerca para brindarle ayuda o apoyo moral en un momento difícil, el desconfiado levanta las cejas, cómo indagando qué hay detrás de esa colaboración.
Es verdad que vivimos tiempos donde casi todo lo mueve el interés y hay quienes afirman que nadie hace algo por nada. Quizás la mayoría de los seres humanos se enmarcan dentro de eso, pero todavía hay gente que es honesta y no trata de sacar ventajas en un momento de tragedia o dificultades.
Es probable que ese desconfiado sufrió malas experiencias en el pasado, cuando algún lobo disfrazado de oveja simuló una ayuda, pero detrás de ese apoyo había un interés muy disimulado.
Muchas veces un ser demasiado desconfiado hace que los que quieren darle su respaldo, en un momento determinado lo piensen dos veces o se hagan los indiferentes. A cualquiera le desconcierta que alguien al que le estás dando una voz de aliento, piense que andas en busca de alguna ganancia.
Alguien con cualidades no muy profundas a lo mejor esa experiencia lo frustra y decida no ayudar a más nadie en el futuro, para evitar eso de ir de Redentor y salir cruxificado.
Sin embargo, una persona de buen corazón sabe perdonar esas situaciones y siempre tendrá disposición para brindar su mano amiga al que enfrenta la desgracia. Dar sin recibir nada cambio, a veces es suficiente para algunos.
Tú que pasas por esa etapa de la desconfianza permanente, debes entender que hay personas que no andan al acecho para ver qué te pasa y salir con una careta de Chapulín Colorado para defenderte, pero luego llegar con una factura para cobrar por toda la colaboración. Hay que tener fe en la humanidad. Hay gente mala, pero más son los buenos.