Valga la pena comentar en un leve extracto algunas manifestaciones peculiares de la niñez. Cuando niños somos candidatos selectivos de la anarquía interior, procediendo como si no dependiéramos de lo que nos rodea y, lo que circunda al ente pensante depende al pié de la letra de su voluntad impulsiva, actuando progresivamente como pequeña máquina, distante de lo que comenten de él, comportamiento extendido hasta los trece años.
De aquí en adelante comenzará un sismo anímico, pues la conducta viaja en el atribulado vehículo de la rebeldía, edad en la que es difícil encontrarnos a si mismo, empezando más o menos a los catorce años y terminando a los veinte aproximadamente. Cambios alterados dicen presente, motivados de reacciones fundamentalmente fisiológicas, manifestadas por las introversiones sucesivas.
No hay un parámetro fijo, ni un hito que pueda distinguir los síntomas en la entrada decisiva, hora crítica donde las desigualdades de opinión, en especialidad con los mayores se tornan en el pan nuestro de cada día. Yo le diría a este pedazo de la vida, tiempo de la encrucijada, donde los sentimientos se apartan , dejando espacio libre a la tribulación desorientada, irresistible a la evaluación lo suficiente científica, viviendo en compañía con los constantes desequilibrios anímicos, aquí los vínculos se rompen con inusitada rapidez, perdida ya la honrosa cavilación, símbolo inequívoco de los que piensan con mesura.
Los problemas del mundo y de la conducta no les sirven de nada, siente la transformación radical, donde los trastornos inexplicables golpean los fundamentos sensibles de la personalidad. Turbación ingrata de un cambio que hace ver todo distinto, tiempo de la toma apresurada y desconcertante de lo imprevisto, donde los rostros más queridos o nos asedian o nos parece mentir. Nuevas exigencias vendrán a solicitar fementidas estrategias, empleando renovadas fuerzas a las advertencias que con frecuencia se esfuman en lo inalcanzable, es el espejismo el que imprime su dogma con distintivos de fallos ís perseverantes, conflicto interior oculto, signo responsable de la inacabable angustia.