"Era un torito de gorda y dejé que nadie se burlara"... con animosidad contaba a sus amigas una joven con algunas libras de más. Reunidas en torno a unos buenos platos de comida, la chica decía que las veces que algún médico le insinuaba que estaba "gordita", lo ponía en su lugar y salía del consultorio.
Estar pasado de peso no es sólo un problema de salud, sino que en esta sociedad donde la apariencia lo es todo, significa aguantar las crueles críticas de los demás.
El prejuicio del que socialmente se alimenta la humanidad causa lesiones muy fuertes a las personas que son blancos de estos señalamientos.
Los individuos con baja autoestima, niños, adolescentes y gente muy sensible son las víctimas favoritas de los mal intencionados.
Este modo de actuar de algunos hacia otros (criticando lo bueno y lo malo) provoca distanciamientos, ya sea entre familias, amigos o compañeros.
Crea desconfianza, la que es dañina como en el caso de la muchacha que se molestaba con los médicos cuando trataban de sugerirle un plan de dieta por su bien.
Hay persona que por años no le hablan a un vecino sólo porque este no es del agrado de otro vecino. Una solidaridad injustificada.
Considerar que otros no son buenos porque alguien conocido lo asegura, es privarse del privilegio de tomar decisiones propias haciendo uso de criterios personales. "No le hablo porque: es negro, no tiene dinero, es chaparro, bizco, gordo", etc. La lista se vuelve interminable.
Nuestra sociedad se debe alimentar de valores y sólidos principios que fomenten la sana convivencia entre sus miembros. Ser honestos, responsables, leales y sinceros parece cosa del pasado.
Calificar despectivamente a las personas sin comprobar las razones por las cuales son rechazados, es negarles la oportunidad de demostrar lo contrario a lo que dicen de ellos.
Quien sabe si a la vuelta de la esquina es de esa persona que criticamos de quien más recibiremos una ayuda.
La parcialidad y aprensión hacia la gente -salvo algunas situaciones- es un arma de doble filo.