La televisión panameña se enfrascó en una batalla por la audiencia que ha puesto como plato fuerte los culebrones, por encima de la buena televisión y la producción nacional.
Hasta los canales que se autoproclaman culturales como el 5 y el 11 están incursionando en proyectos novelescos donde los personajes apelan más a la chabacanería populachera que a los argumentos y diálogos llenos de mensajes o contenidos específicos.
Las telenovelas se han convertido en el entretenimiento de los televidentes panameños que no tienen la opción de un buen programa en la tv pagada por cable.
El rico que abusa de la pobre y años después es vencido por el amor que permite el perdón y la reconciliación con la víctima enamorada e hija de un hacendado que la abandonó cuando niña; el loco que se disfraza de mujer al final de una centenar de capítulos, el bueno que se casa con la mala y al final termina con una sufrida pero sublime actriz.
Los culebrones clásicos con los mexicanos, que no salen del círculo del rico y el pobre, el odio y el amor, seguidos por las producciones de Venezuela, Brasil y Colombia.
Es tal el éxito comercial de las telenovelas que ahora se producen en Miami con la participación de varias empresas latinoamericanas, así como actores de varios países, combinando acentos y experiencias dramáticas, que al menos para la audiencia de la pantalla chica, dan excelentes resultados.
Si bien es cierto los culebrones encantan tanto al público femenino, como masculino, los panameños tenemos derecho a una televisión que nos de más, sin dejarse secuestrar por lo comercial y los "ratings".
Hay que rescartar historias sobre los emprendedores, la vida cultural del panameño, exigirle a los políticos más transparencia en su vida pública y privada, darle más seguimiento a la transformación del país y medir la eficacia de los gobiernos porque los melodramas de la vida real son más importantes y no tienen capítulos, ni horarios.