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CRIMENES FAMOSOS
Su profesión secreta

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Max Haines

Se reunían multitudes cada mañana cuando Roswitha Treppler llegaba al trabajo.

Amigos, este artículo es un poco atrevido. Las muchachas buenas no se comportan como Roswitha Treppler. No digan que no les advertí. Aquí vamos.

Nuestra historia de lujuria y pecado tiene lugar en la pintoresca ciudad de Steyr en Austria. En 1978, dos residentes de la ciudad, Alfred Schwaiger y la antes mencionada Roswitha se convirtieron en noticia. Nada destacable acerca de eso, dirán ustedes. Pero esperen. Roswitha no era la mujer local promedio de 31 años que pasaba su tiempo ordeñando cabras y dando gritos de yodel en una ladera de los Alpes. No señor. Roswitha era una de esas raras mujeres que viven para el sexo. Se ha informado que lograba docenas de orgasmos durante una sesión prolongada de hacer el amor. Es verdad, Roswitha describía una sesión como de alrededor de 24 horas de duración.

Alfred Schwaiger, de 27 años, un hombretón alto y buen mozo, conoció a nuestra muchacha durante el verano del 78. Decir que salieron chispas sería una pálida descripción. Alfred estaba dotado como un toro premiado y tenía un vigor para el sexo que haría sonrojar a Casanova.

Durante tres años la pareja de amantes lo hacía en cada oportunidad y de cada modo posible. Algunas veces era un poco rudo, pero qué demonios, ambos disfrutaban eso también. El 10 de junio de 1981 ataron el nudo matrimonial en la iglesia de Nuestra Señora. La pareja estableció su casa en el 41 de Mozart Strasse.

Para aumentar las entradas de la familia, Roswitha tomó un empleo de oficina en una compañía manufacturera en Traum, alrededor de 30 kilómetros de Steyer. Alfred, un representante de ventas para una firma textil, a menudo llevaba a su esposa hasta el trabajo.

Después que Roswitha estuvo empleada por un corto período, Alfred notó que varios hombres la saludaban con la mano cuando llegaban a una cuadra de su lugar de empleo. Alfred estaba orgulloso de que su esposa se hubiera vuelto tan popular con los que él asumía eran sus colegas en su camino al trabajo en la compañía manufacturera.

En general, Alfred estaba complacido con su vida matrimonial. Cada noche, cuando él llegaba a casa. Roswitha lo recibía en la puerta de su nido de amor completamente desnuda. Lo que seguía usualmente duraba el resto de la noche. Alfred estaba constantemente hambriento, habiendo salteado la cena la mayoría de las veces. También se quejaba de falta de sueño. Pero oye, no puedes tenerlo todo.

Descontando la mala alimentación y el cansancio de Alfred, la vida hubiera procedido en este camino sensual por siempre si no hubiera sido por un incidente que iba a tener consecuencias de largo alcance. Un amigo de Alfred, un tal Bruno Happert, señaló un aviso en el diario local. El aviso ofrecía sexo en venta, lo que no era tan inusual, excepto por una cosa. Había dos maneras de contactarse con las proveedoras de placer: Una era un número de teléfono en Steyr, la otra una dirección en Traun. Cosa curiosa, el número de teléfono en Steyr era el de Alfred.

Alfred quedó alelado. Tenía que haber algún error. Decidido a averiguar la verdad, viajó a Traun y fue directamente a la residencia en el 10 de Quincke Strasse. Alfred quedó sorprendido al descubrir que la dirección estaba sólo a una cuadra de la firma manufacturera que empleaba a su esposa. Golpeó en la puerta del frente. ¿Alguien allí conocía a Roswitha Treppler?

¿Conocerla? ¡Puedes apostar que sí! Todo el mundo conocía a Roswitha. Era la prostituta estrella en el establecimiento. Cada mañana se reunían multitudes cuando ella llegaba para dispensar sus encantos. Para ser discreta, la mañana de la mejor casa de rameras en Traun enviaba a los clientes de Roswitha a hacer fila a una cuadra de distancia.

Alfred se quedó boquiabierto. Estaba sin habla. Había más. La madame siguió contando a Alfred que a causa de su estatus de estrella, Roswitha era la única muchacha a la que le permitía usar su propia casa así como el 10 de Quincke Strasse.

Alfred fue tambaleando de vuelta a su auto. Un hombre tiene que tener tiempo para pensar, pero no demasiado tiempo. Fue a su casa y golpeó a su esposa. Roswitha presentó cargos de ataque, mostrando distintas lastimaduras y dientes perdidos a la policía. Para cuando volvió a casa, Alfred había tenido un cambio de sentimientos. Amaba a Roswitha a su manera y además no tenía sentido perder todo ese sexo porque ella estaba sirviendo a un par de docenas de otros hombres cada semana.

Es posible que el extraño matrimonio hubiera sobrevivido por siempre si la naturaleza humana no hubiera tomado parte en la ecuación. Cuando Alfred pensaba en esos otros hombres haciendo lo que querían con su esposa, no podía evitar golpearla. Roswitha iba regularmente a la comisaría, para acusar a su esposo de ataque. Finalmente, retiraba todos los cargos.

Roswitha había desarrollado su propio método para castigar a Alfred por varios ojos negros y labios partidos. Seguro, lo esperaba desnuda cuando llegaba a casa. Ciertamente saltaba a la cama como si se lo ordenaran, pero allí era donde la diversión y los juegos terminaban. Roswitha luchaba, arañaba, mordía y en general rechazaba los avances sexuales de su marido. El fornido y robusto Alfred finalmente conseguía lo que quería, pero no era mucha diversión. Saben lo que quiero decir, Roswitha era tan insensible como una estatua de mármol.

Por supuesto, los golpes y el tormento sexual no podían continuar indefinidamente. El 6 de febrero de 1982, Roswitha y Alfred estaban pasando por sus maquinaciones físicas y mentales en la cama cuando repentinamente Roswitha sacó un cuchillo de carnicero de debajo de la almohada y procedió a apuñalar a su marido varias veces en el pecho. Cuando Alfred dejó de moverse, dejó el cuchillo enterrado en el cuerpo. Luego pensativamente llamó a la policía.

Los oficiales que llegaron a la escena fueron recibidos por Roswitha en su sala, totalmente desnuda y salpicada de sangre. Los guió hasta el dormitorio donde Alfred yacía completamente muerto. La policía le informó a Roswitha que no era necesario que les contara lo que había sucedido, pero ella insistió.

"Maté a mi esposo Alfred Schwaiger apuñalándolo tres veces en el pecho con un cuchillo de carncero. El apuñalamiento tuvo lugar durante unos 15 a 20 minutos ya que él no murió inmediatamente, sino que seguía dando vueltas en la cama, llorando. El me preguntó, "¿Por qué me estás acuchillando? Yo no contesté. Cuando dejó de moverse llamé a la policía".

Roswitha reveló que había comprado el cuchillo de carnicero tres semanas antes expresamente para matar a su marido. Cuando se le preguntó por qué había enviado a Alfred al más allá, ella solo dijo, "Sólo pensé, lo matará a él ahora y será el fin de todo. Así que lo hice".

Roswitha nunca cambió su historia en los nueve meses en que estuvo detenida esperando el juicio. El 10 de noviembre de 1982, se declaró culpable de asesinato premeditado y fue sentenciada a 20 años de prisión.

 

 

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Roswitha nunca cambió su historia en los nueve meses en que estuvo detenida esperando el juicio. El 10 de noviembre de 1982, se declaró culpable de asesinato premeditado y fue sentenciada a 20 años de prisión.

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