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HOJA SUELTA
Gonzalo Menéndez Franco

Eduardo Soto P.
El comandante (así le decíamos en la redacción) murió antes de tiempo. Estoy seguro que le faltaban no menos de 20 años más por vivir, y por eso su desaparición repentina dejó tantos vacíos... demasiados. Demoré mucho en escribir esta nota después de su muerte, casi dos meses, precisamente porque no quería que se mezclaran los sentimientos; no es bueno soltar los corceles del luto y la añoranza después de una pérdida inesperada: es mejor dejar que los pesares se sedimenten, para que la mente no divague entre los dolores funerarios y la nostalgia por la ausencia. He aquí que ahora estoy listo, y sin penas puedo hablar de mi amigo y maestro, Gonzalo. Lo conocí hace 15 años, cuando era profesor de Opinión Pública en la Facultad de Comunicación Social. Era inclemente. El salón de clases fue para él un púlpito desde el cual proclamó a tiempo y destiempo su evangelio: el arnulfismo. Pero por la política no dejó de lado la docencia, y como buen amante de la pureza en la redacción, destrozó muchos de mis exámenes (y me puso la nota más baja) porque no gozaban de un mínimo de salud ortográfica. Lo volví a ver después de la invasión, cuando me incluyeron como ayudante en la redacción de El Panamá América y él era editorialista del nuevo Crítica, esta vez "Libre". Ahí lo conocí en su rol de periodista valiente y de furiosa pluma. Se alejó un poco cuando asumió la dirección de la Policía Nacional, y algunos años después nos tocó reírnos de las casualidades porque fue una nota de prensa mía la que le costó el puesto como jefe policial, ya que narré su participación en aquella convención del Partido Arnulfista, acción que le prohibía la Constitución, y que provocó todo un mes de bochinche político. Cuando asumí la jefatura en Crítica, él seguía escribiendo los editoriales en la vieja máquina de escribir. Todavía hoy me sigue impresionando su virtuosismo y memoria prodigiosas. Era una enciclopedia. Dos días después de la toma de posesión de Mireya Moscoso, durante la que a él le tocó escoltar a una delegación coreana, llegó a la redacción muy cansado, tanto, que se quedó dormido en la silla frente a mi escritorio. Entré urgente a una reunión y cuando salí no estaba. Nunca lo volví a ver. Por eso escribo esta nota hoy, para decirle adiós.
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