Los sueños son el espíritu que nos guía para cruzar los límites que la razón impone.
Se pueden tener cinco centavos en los bolsillos, pero no se puede dejar de soñar con las cosas que más deseamos. Simpáticamente ese es el principal motor en nuestras vidas.
Tenemos todo a nuestro favor. Sin embargo cuando dejamos de soñar... la vida ya no tiene sentido. Nos transformamos en un árido desierto. Sin color y sin gracia.
Por eso quizás me llama la atención personas como la educadora María Acosta que, a pesar de otras razones en su vida, comparte un mismo sueño con los padres de los niños con discapacidad que contribuye a entrenar.
Conversando con ella hace unos días en Chiriquí, siempre sonriente, cuando le pregunté cómo iban las actividades con estos niños, sus ojos negros se iluminaron. Muy animosa me respondió que había cinco niños (discapacitados) preparándose en la provincia para viajar a El Salvador a las Olimpíadas Especiales.
Me señaló la maestra Acosta que en las disciplinas de natación y atletismo Panamá cuenta con estos representantes.
Esta fiesta deportiva reúne un número considerable de atletas jóvenes. Proceden de distintas culturas que ven hoy la discapacidad no como un impedimento social para que las personas que la enfrentan sean parte de la sociedad con sus derechos y deberes.
En Panamá, la Ley 42 del 27 de agosto de 1999 reconoce y establece la equiparación de oportunidades para las personas con discapacidad.
Así como estos afanosos deportistas capacitan sus cuerpos para poder competir por sus sueños, involucrando a mucha gente en su alegría por la vida, debemos buscar con gran voluntad hacer realidad nuestras metas más importantes.
El ejemplo de estas personas con esperanza en los sueños por alcanzar gracias a su esfuerzo, dan una cita de que hay que trabajar muy fuerte para lograrlo. Que los imposibles existen cuando nos damos por vencidos.