El Gobierno del cambio está plagado, por un lado, de personajes incendiarios que con actitudes intransigentes azuzan las brasas de los conflictos; y por el otro, de bomberos, que en nombre de la sensatez y la cordura intentan establecer el orden.
Los conflictos de Bocas del Toro, el incendio del Centro de Reclusión de Menores, las confrontaciones con la prensa y la sociedad civil se pudieron evitar con mediadores menos violentos y más pacificadores, que manejaran el arte de la conversa y negociación.
Es el tiempo de mirar con luces largas. De evitar los errores infantiles, de deponer los intereses políticos, de garantizar la gobernabilidad en medio de las aguas tormentosas de un océano político revuelto.
Todavía más del 60% de los panameños consideran que Ricardo Martinelli es la persona adecuada para dirigir los destinos de un país hasta hoy atribulado por las heridas de la politiquería tradicional y los militares.
Es imprescindible que el jefe del Ejecutivo opte por generar consensos, presente una versión más centrada de sus políticas y que incremente su tropa de bomberos, si quiere evitar que su mandato termine medio de un país desgarrado por luchas intestinas.
Martinelli es enérgico, peleador e inteligente. Por formación, tiene tendencia a controlarlo todo. En lo personal, es afable con la prensa, pero infranqueable, casi inaccesible e inabordable, cuando se trata de temas conflictivos.
Martinelli necesita más Papadimitriu, más Manuel Cohen y más José Muñoz. De pacificadores por naturaleza, de esos que sienten amor y respeto por el pueblo.
Los incendiarios, esos que enlodan y descalifican a sus adversarios y que intentan dividir a los panameños entre buenos y malos, deben desaparecer.
Los funcionarios violentos y amantes del insulto, devotos de las cantinfladas y metidas de pata son una especie en extinción.
Los politiqueros que se convierten en combustible en medio de los cierres de calles y las huelgas en perjuicio del Gobierno están de más en el reino del "crazy team".