OPINION


Políticos pobres y legisladores

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Por Julio César Caicedo Mendieta
Funcionario

Salvo raras excepciones, lo primero que hacen es dedicar los mejores esfuerzos, para recuperar los gastos realizados en el fragoroso camino por obtener los votos. Si son bellacos, reditúan hasta cien veces más lo que pusieron en juego, para llegar a su posición en donde lo pasarán, con una coraza de intocable, por cinco largos años. El Estado con sus enflaquecidas ubres se constituyen en una de las vacas más atacadas por una ferocidad, vista solamente en los gigantescos lagartos del Comodo, que por su tamaño, no les perturba para nada la presencia de otros depredadores cercanos a su festín.

Durante las contiendas políticas, los que nunca han triunfado en sus gestiones, se lo pasan criticando acremente a los legisladores, a los ministros y funcionarios, pero si por un toque de suerte o manejo político, llega al puesto deseado... Se olvida de todo y se convierte quizás en peor delincuente que los que criticaba con denuedo. Obsérvelos, se vuelven loquitos estrechando sin necesidad las manos de las personas que les ayudaron a subir, miran como si los demás fueran extraterrestres, abriendo y cerrando los ojos, para fingir cansancio... caminan siempre apuraditos como si se estuvieran cagando y la excusa del tropel es: ¡Voy a una cita con la comunidad!

Aunque la Constitución es clara en todos sus aspectos, eso no parece importar en lo más mínimo a muchos políticos favorecidos, que en vez de trabajar como lo establece la ley, (legislando unos y desarrollando proyectos otros), proceden a gestionar prebendas, contratos y negocios en los tres sectores de la economía nacional. Entonces, emergen los antivalores, delinquiendo de acuerdo a su experiencia práctica pues los que alguna vez fueron taxista, se convierten en empresarios del transporte, lo mismo los buseros, los jinetes, los albañiles y los carpinteros, amén del que haya tenido una vaquilla, un caballo, un camión o una retroexcavadora. Todo esto a pesar de los sueldos exagerados que les están pagando con nuestros impuestos.

El pueblo, para no decir la canalla, tampoco lo distingue una trayectoria de premiar a los buenos políticos y a los funcionarios eficientes, por el contrario los castiga y habla mal de ellos. Ponemos por caso al ex legislador Fábrega del fenecido Papá Egoró, el tipo llegaba temprano a la Asamblea, saludaba cortésmente hasta al barrendero, es decir, legislaba, era un verdadero legislador, su parlamento era digno de encomio, no se expresaba chabacanamente y hacia unas ponencias trascendentales que se podían escuchar aquí, en Capira y en el extranjero... Y en la siguiente vuelta electoral, el pueblo en vez de enaltecer esos principios, lo ignoró por completo.

 

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