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Los devastadores hechos acaecidos en Estados Unidos el pasado 11 de septiembre han tenido múltiples consecuencias, no sólo en la sociedad norteamericana sino en todo el mundo. En el caso de la primera, una de las secuelas que se observó, de inmediato, fue la actitud de rechazo que muchos adoptaron ante sus conciudadanos de origen árabe. No fueron pocas las muertes que se produjeron por esos días, debido a ataques perpetrados contra miembros de estas comunidades, así como la destrucción de sus propiedades. Aún hoy, a varios meses de esos iniciales brotes xenófobos, los medios de comunicación continúan reportando casos de violencia física y psicológica en Estados Unidos, que tienen su origen en la intolerancia exacerbada, a raíz de la caía de las Torres Gemelas.
En este mundo, ahora globalizado, casi todo lo que ocurre, en cualquiera de sus rincones, trasciende su respectivo escenario local, y de algún modo, toca las vidas de muchos otros. Acá, en Panamá, a pocos días del 11 de septiembre de 2001, se escucharon voces que señalaban algunas muestras de tensiones surgidas entre miembros de las comunidades judías y árabes, asentadas en la provincia de Colón. Afortunadamente, esas tensiones fueron prontamente aplacadas por prudentes de parte de dirigentes de ambas comunidades, en un constructivo esfuerzo por evitar una escalada, por lo demás injustificada, a la luz de la histórica convivencia de estos dos grupos humanos en Panamá. |