OPINION

HOJAS SUELTAS
Credo de un maula

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Por Eduardo Soto P.
Periodista

La vida no es más que un parpadeo, si el punto de comparación es el mar. Por eso hay que chuparle hasta la última gota a la fruta de un buen amor, a nuestros padres y hermanos, a los amigos que nos dio el destino, y a los hijos porque pronto se irán. Quien se queda sentado, esperando que la felicidad pase trotando por la acera de enfrente, con la remota esperanza de que se detenga a mirarnos siquiera, morirá amargado y, como buen mendigo, sin colchón.

Uno de los productos más difíciles de medir es el éxito. Para una madre puede que no haya nada más satisfactorio que ver a un hijo dormir, sano y con el estómago lleno, aunque vivan en el peor de los barrios marginales de la ciudad. Otros dirán que si llega el ocaso, ese momento inclemente del deceso, y no se es millonario, la vida no ha tenido sentido.

En el fondo, la cáscara poco importa. De nada vale tener una rimbombante profesión. Lo verdaderamente valioso está en ser el mejor de todos en el oficio, ya sea médico, abogado, barrendero o albañil. Si se hace así, una sonrisa rondará siempre la comisura de los labios, y se será el ídolo inquebrantable de la familia.

Lo verdaderamente placentero de la velocidad no está en correr a toda máquina. Es en el éxtasis de una curva donde yace la fricción, cuando la inercia desacelera el tiempo, y los cuerpos se unen en un todo indiviso con el pavimento. Y también en aquel alto imperceptible, de microsegundo, cuando el vehículo que avanza cual proyectil hiriendo el viento se detiene apenas, y la vista gana el salvoconducto para posarse brevemente en una flor: Entonces tiene sentido la carrera, lo mismo que cuando se cruza la meta, y un cosquilleo morboso recorre el rostro del corredor.

El dinero corrompe y embrutece. Compra medicinas, pero no salud. Libros, pero nunca sabiduría. Atrae carne de mujer, pero no afecto. Por eso es que es mejor guardar la fortuna en cajas de seguridad, donde esté lejos de los parques infantiles y las camas matrimoniales. Si se comete la imprudencia de ponerle en las inmediaciones, pronto germinará el cáncer de la ambición con su ineludible efecto secundario: el hombre, la mujer y la familia en pleno, terminan estípticos para el amor.

A un beso hay que decirle siempre sí, porque están en extinción. Abunda el odio, la bala y el aborto. Besos, hay pocos. Preferible son aquellos estrepitosos, en los que abunda la saliva y el quejido, los hambrientos que succionan la lengua en una mordisco instintivo. Si es un beso inesperado, que pase. Y si hace tiempo corroía los ímpetus y los deseos, mejor aún. En la mejilla, en la boca, bajo la camisa, en la yema de los dedos, o la punta de la nariz. Beso es beso, y hace falta. Pero que nunca haya que pagar por ellos: esos no sirven, envenenan, y tarde o temprano te llevan a la cruz.

Que siempre haya un libro junto a la cama, eso significa pasión por el saber. Salomón bien dijo que, frente a la sabiduría, "todo el oro es como un puñado de arena, y la plata vale tanto como el barro". Leer es el mejor de los vicios. Hay que hacerlo a toda hora, sin descanso y sin pausa. Al final de lo vivido lo único que se va a la tumba con uno, es el cariño que se dio. Como la imagen que rebota del espejo, así es la ternura prodigada a la familia. En la misma medida que se consumió nuestro cirio para que los niños tuvieran luz, así mismo el resplandor de su amor por el anciano que parte nos acompaña en esa hora tenebrosa.

Pero que no falte el regazo de una mujer hermosa en esa hora. Si no, no se vale.

 

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