Es un tanto difícil en estas ciudades, donde el concepto político desplaza sus tentáculos sobre el comportamiento de los entes humanos de los diversos géneros sociales, encontrar las fuentes inspirativas que hagan de la existencia un éxtasis esencialmente placentero. Y son muchos los entuertos que frecuentemente nos hacen tropezar, encontrándolas en órdenes infinitivas, como un conjunto de situaciones diversas, por supuesto en maraña que cumple con los sistemas concebidos en la plenitud de la Edad Media.
La oscuridad aturde con golpes despiadados el conocimiento y las malas acciones se suman sin cesar, cabildeando el adelanto en promoción constante del retroceso. Para mí es totalmente inexplicable cómo la Caja de Seguro Social puede emplazar las atenciones médicas en cubículos funcionando en la planta alta de un edificio sin ascensor, no tomando en cuenta a los lisiados y tampoco a todo paciente que afronta padecimientos cardíacos y respiratorios, amén de los diferentes estacionamientos que aparentan tener dueños por la imposibilidad de poder estacionar nuestros autos. La salud del prójimo no tiene valor ninguno, sólo se ve que pondera por todas partes la terrible fuerza del vil metal que expresa la primera y la última palabra. Si tenemos la necesidad de trasladar un enfermo de Juan Díaz al centro de la ciudad, éste es un verdadero despojo de la vida con los tranques automovilísticos en todas las direcciones, cómodamente usted, puede dar varias dormidas en este trayecto entregándose perfectamente a los brazos de Morfeo. Aquí se consume inútilmente diesel y gasolina, porque los inconscientes no piensan con la dinámica de la filosofía del siglo actual. No se ha querido invertir en la modernización de nuestras avenidas y el panorama que ostentamos es el de la urbe muerta, paralizada, donde no hay nada para nadie con todos sus conductos cerrados. Tenemos que curarnos de las falsas expectativas, donde pululan las acechanzas y falacias, empujando los incentivos de la vida por la borda sin poderlos rescatar.