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MENSAJE
El origen
de las calamidades

Redacción
Crítica en Línea
Era la noche
del 9 de marzo de 1687. Acababan de recogerse en sus lechos los
moradores de Santafé de Bogotá. De repente los
hizo saltar de la cama un sonido retumbante que salía
de las entrañas de la tierra. Cundió el pánico.
Volvió a rugir el suelo subterráneo y los santafereños
salieron a los patios. Cuando bramó por tercera vez, se
volcaron en masa a la calle, lanzando alaridos y suplicándole
a Dios misericordia. Tan seguros estaban de que se trataba de
la ira divina que buscaron asilo en la iglesia más cercana,
rogaron por el perdón de sus pecados y prometieron lealtad
incondicional con tal de salir de allí con vida. Los gemidos
de los aterrorizados feligreses no hicieron sino provocar el
llanto de los niños y los aullidos de los perros. Cuando
por fin cesó el estruendo, los espantados habitantes de
Santafé volvieron en fúnebre procesión a
sus hogares, como cadáveres que se dirigen al féretro,
pero no volvieron a descansar en paz. Al contrario, pasaron largos
meses en los que cualquier ruido nocturno les ponía los
pelos de punta.
Si bien fue desmedida la reacción del pueblo, la de
su máximo dirigente fue descomedida. A la hora de la verdad,
el Presidente Don Gil de Cabrera y Dávalos no titubeó
en atribuir aquel aparatoso ruido a una temible invasión
extranjera que constaba de bombas, obuses y otras piezas de artillería,
intensificadas por disparos de arcabuces y mosquetes y el redoble
de tambores. Convencido de que iba a librarse una batalla campal,
movilizó a la guarnición de la ciudad bajo la luz
de las antorchas. Afortunadamente, no hubo que disparar ni un
solo proyectil. No fue sino hasta que se había calmado
del todo el temor colectivo, que se supo que aquello que los
súbditos consideraron la manifestación de la ira
de Dios, y el máximo mandatario una aplastante invasión
luterana, no era más que el eco de un terremoto cuyo epicentro
estuvo en el sur, a gran distancia de la tranquila ciudad colonial
de Santafé.1
Este capítulo de la obra Sucedió en una calle,
escrita por el cronista colombiano Alfredo Iriarte, nos lleva
a reflexionar sobre el origen de las calamidades. Lo cierto es
que los fenómenos naturales, como los terremotos, no provienen
necesariamente ni de Dios ni del diablo. Más bien, Dios
permite que se desaten esas fuerzas naturales -que tienen explicaciones
científicas-, para que concentremos nuestra atención
en las cosas de arriba y no en las de abajo.2 Él sabe
que si nos concentramos en la tierra, que es inestable y temporal,
no descansaremos en paz ni en ella ni en el cielo eterno que
nos ha preparado.3 En cambio, si nos concentramos en el cielo,
no tendremos nada que temer, aunque se desmorone la tierra, porque
Dios será «nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra
ayuda segura en momentos de angustia.»4
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1Alfredo Iriarte, Sucedió en una calle (Santa Fe de
Bogotá: Editorial Espasa Calpe, 1996), pp. 33-35. 2Ef
3:2 3Heb 4:9-11 4Sal 46:1-3
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